viernes, 15 de abril de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 6

Quienes hayáis tenido el valor de leer mis cinco anteriores entradas habréis notado que suelo empezar cada una contando lo que sueño la noche previa al día con el que pienso daros el coñazo. Pues bien, esta vez no va a ser así. Más que nada porque no recuerdo lo que soñé. Eso sí, he de destacar que descansé de maravilla y me desperté fresco como una rosa. En realidad no es algo destacable, pero es que necesitaba paja para rellenar el primer párrafo y no se me ha ocurrido otra forma de hacerlo.

Si el día anterior decidí que la vitualla disponible en el apartamento no estaba a la altura de mis expectativas desayuniles, en esta ocasión, dispuesto a no complicarme la vida y con un interesante plan en mente que aún no voy a revelar (y que, por supuesto, tiene que ver con papeo), hice de tripas corazón y me trinqué un par de tostadas procedentes del paquete de pan de molde que llevaba con nosotros desde el primer día. Pan de molde, todo sea dicho, que empezaba a exhibir una dureza digna de entrar en la escala de Mohs. De todas formas, las tostadas estuvieron acompañadas por un par de huevos cocidos, así que no sé por qué me quejo, la verdad.

Tras ingerir este desayuno al que mucha gente en este planeta nunca tendrá acceso (y voy a dejar de darle vueltas al tema porque con cada frase que escribo me siento más miserable), pasé por la ducha y aproveché que mi novia tendría que asistir a una reunión que le partiría la mañana en dos para acercarme al área de la noria, la cual había estado divisando desde el balcón del dormitorio cada mañana sin poder encontrar el momento de plantarme allí. El agradable paseo hasta el lugar me hizo cruzar un par de puertas que parecían pertenecer a los hoteles que había por el camino, por lo que no pude evitar pensar durante un buen rato que me estaba colando donde no debía. De todas formas, el que nadie gritase "¡eh, usted!" a mis espaldas me animó a continuar hasta que llegué a mi destino.

El lugar tenía pinta de ser bastante pijo (lo cual, a aquellas alturas de mi estancia en Dubai, no me sorprendía en absoluto), pero el hecho de que aún fuese bastante pronto causó que se encontrase prácticamente vacío de gente con pasta mirándome por encima del hombro, lo cual agradecí sobremanera. Lo primero que hice fue confirmar que las extrañas antenas que se veían desde mi balcón y parecían no tener ninguna utilidad no tenían, efectivamente, ninguna utilidad:


También saqué la obligatoria foto de la noria que presidía esta extraña península. Aprovechando, eso sí, la peor perspectiva posible cuando de fotografiar una noria se trata:


Después de un buen rato deambulando por allí y no encontrar nada interesante que hacer, me comí algo ligero en el sitio más acogedor posible: un puto Mcdonalds.

Y se supone que el café era pequeño, no me jodas

Al poco de sentarme en la desierta terraza con mi recién adquirido piscolabis, un hombre y una mujer de avanzada edad eligieron la mesa más cercana a la mía para hacer lo propio y empezar a comunicarse entre sí a grito pelado. Instantes después, más individuos de su misma quinta hicieron aparición y se unieron a la acalorada conversación, contribuyendo con berridos a un volumen aún más alto si cabe. Mientras se desarrollaba el pandemónium, el viejo original procedió a descalzarse y toquetearse los pies como si aquello fuese el cuarto de baño de su puta casa, y yo agradecí por una parte que tanto el café como el donut de la foto de arriba ya se hallasen en su totalidad camino de mi estómago y, por otra parte, que en ese momento mi novia me mandase un mensaje avisándome de que era un elfo libre (sic.). No tuve que esperar demasiado para que primero se largasen los escandalosos yayos y después apareciese mi novia, quien pudo experimentar por sí misma lo anodino del lugar.

Abandonamos la península de la noria y, malamente guiados por Google Maps, nos metimos en un hotel cuyas entrañas escondían un establecimiento al que llevaba semanas queriendo y no pudiendo ir. Resulta que en la ciudad austriaca donde llevamos viviendo dos años y medio (cómo pasa el tiempo, joder) se puede encontrar de todo menos locales que sirvan un desayuno irlandés en condiciones, y afortunadamente Dubai contaba con buenas noticias para mí:

Ñam

Poco después, echando un ojo a los movimientos de mi tarjeta de crédito, me caería un poquito hacia atrás al comprobar el pastizal pagado por el desayuno, pero ni ese ligero contratiempo ni el guiri sentado cerca de nosotros cuyo smartphone no paraba de reproducir el tono de llamada que vuestras madres tienen por defecto en el suyo impidieron que pudiese disfrutar de la fritanga y las judías, así como del espectáculo que daban los pájaros al otro lado del cristal mientras se bañaban en la piscina del hotel.

Una vez de vuelta en el apartamento, y con el estómago felizmente lleno (mi padre suele decirme cada vez que lee una de estas entradas que me pasé la estancia comiendo y no le falta razón) procedimos a prepararnos para la actividad que ocuparía el resto de nuestro viernes. Vale, en mi caso la preparación consistió en ponerme un pantalón corto y los calcetines adquiridos durante la víspera en el Decathlon, pero es que algo tengo que decir para ligar la primera parte de la entrada con la segunda: la fiesta en el barco.

A primera hora de la tarde, todos los compañeros de apartamento, así como el jefe de mi novia y la novia de aquél, fuimos andando hacia el muelle, encontrándonos por el camino que varias calles a nuestro paso se encontraban cortadas al tráfico rodado. Por una parte, al ver varios coches desperdigados con bacas estrepitosas, asumí que estaba teniendo lugar una carrera ciclista, pero como quienes se encargaban de mantener las avenidas libres de vehículos eran policías con aspecto militar, no pude descartar que se hubiese producido un aviso de bomba (además, no vi ninguna bici por allí). Considerando que llegamos al muelle sanos y salvos y que Dubai no salió en los periódicos al día siguiente, asumo que la primera alternativa fue la correcta.

Subimos a bordo y allí nos unimos a más gente cuya relación con nuestro grupo no terminó de quedarme clara. No sé si eran miembros de filiales de la empresa donde curra mi novia, acompañantes en general o peña que se había colado con todo su morro. Lo que sí que estaba claro es que para todos ellos lo de pasar una tarde de viernes montándose una fiesta en un barco era algo habitual, pues sus ropas y actitudes encajaban perfectamente en aquella mezcla de post de Instagram y anuncio de colonia cara. Los que acabábamos de llegar, por otra parte, estábamos de un perdido que te cagas, sin tener muy claro dónde sentarnos, dónde meternos o qué coño hacer en general. Y el hecho de que el organizador del sarao marítimo, y a la sazón cumpleañero, llegase una hora tarde, no ayudó en absoluto a que me relajase.

Afortunadamente, el momento de zarpar llegó por fin, y mientras el yate se alejaba del muelle y de la línea costera Dubaití, el jefe de mi novia aprovechó para contarnos cosas relativas a los distintos rascacielos y edificios que se divisaban: que si tal hotel es carísimo, que si cual bloque de pisos tiene no sé qué características (no, no me acuerdo muy bien de lo que dijo, ¿qué pasa?), etcétera. Tras varios minutos en movimiento, y estando no muy lejos de la costa, echamos el ancla (bueno, nosotros no. La tripulación, se entiende). Fue entonces cuando la DJ puso en marcha el altavoz y a mí me entró hambre.

La cuestión es que yo había oído la palabra "barbacoa" varias veces estando a bordo de aquel navío, pero tengo por costumbre, por la cuenta que me trae, no dar nada por sentado. Con esta idea en mente me dispuse a explorar el barco en busca de algo que llevarme a la boca, pero no pude llevar a cabo la tarea porque la novia del jefe de mi novia nos pilló a mi novia y a mí por banda y nos sugirió que fuésemos con ella a la proa, pues quería aprovechar para hacernos fotos (lo de "sugirió" es un eufemismo porque prácticamente nos llevó a rastras, pero bueno). Una vez nos colocó a su gusto, se pasó un buen rato dándonos instrucciones sobre cómo posar y llenando la memoria del móvil de mi novia con instantáneas de lo más pasteloso. Instantáneas que, por otra parte, no voy a publicar aquí porque... no. Cuando se hubo cansado de hacer de fotógrafa de parejas, decidió que mi novia era el modelo perfecto para sacar unas pocas más, así que aproveché el momento y me escapé a la otra punta del barco buscando comida y encontrando decepción y sorpresa. Me explico.

Decepción porque la "barbacoa", aparentemente, consistía en una bolsa de comida del Mcdonalds con nuggets y patatas fritas; y sorpresa por el inicio de conversación que tuvo lugar. Resulta que el jefe de mi novia se encontraba de cháchara con otra empleada con la que yo no había hablado hasta la fecha (y que no pertenecía a nuestro grupo de desubicados sociales). Dicha empleada, que contaba con unos dientes blanquísimos, unas pestañas de medio kilómetro y un aura de beautiful people que se podía ver desde la otra orilla del Golfo Pérsico, me miró y me dijo: "¡Anda! A ti te estaba buscando yo. ¿Qué tal estás?". Y yo a cuadros, claro. Porque no sé vosotros, pero yo no estoy acostumbrado a que gente así me dirija la palabra, salvo que sea para pedirme que me aparte de su camino. Mi estupefacción inicial dio paso a una breve (y torpe por mi parte) conversación acerca de lo ocurrido en los últimos días y las actividades llevadas a cabo en la ciudad. Salió el tema del Gold Souk y comenté mi incomodidad ante los vendedores que no paraban de asaltarnos para intentar colocarnos relojes de lujo falsos, "pues me apaño perfectamente con un Casio de diez euros", y entonces ella me enseñó su muñeca, la cual, ojito, lucía un Casio de 10 euros.

(Silencio dramático)

Yo no pude evitar pensar que por allí tenía que haber una cámara oculta o algo (tiempo después, mi novia me aclararía que aquella mujer no tenía nada de ostentoso, que es un cielo de persona y que yo tengo muchos prejuicios y una considerable falta de amor propio). Pero bueno, en ese momento alguien que no recuerdo hizo aparición, la conversación murió y yo pude asaltar la comida basura.

Terminando de masticar un nugget ya frío, me dirigí a la parte de arriba de la embarcación y, Bacardi cola en ristre, eché unos minutos viendo cómo se hacía de noche y yo me perdía la puesta de sol porque éste se hallaba escondido tras unos rascacielos:


Mientras el resto del pasaje se dedicaba a beber y bailar (al fin y al cabo, aquello era una fiesta), yo experimenté uno de los momentos más enriquecedores desde el punto de vista cultural de toda mi estancia en Dubai. Y es que uno de mis compañeros de apartamento, que por lo visto se ha pasado media vida currando y haciendo negocios en esta parte del mundo, me estuvo contando cosas bastante interesantes acerca de las costumbres, la política y los valores del mundo islámico. Al poco, mi novia regresó de su sesión fotográfica con una expresión que decía algo así como "¿qué coño acabo de vivir?" y otros integrantes del grupo de quienes nos sentíamos fuera de lugar se unieron también, haciendo que el número de germanoparlantes constituyese mayoría y la conversación derivase a expresiones y vocabulario en alemán que no recuerdo en absoluto.

El buen rato que estaba pasando mejoró considerablemente cuando un olor a carne invadió el barco, pues al final sí que hubo barbacoa. Y yo agradecí que nos encontrásemos en aquel preciso lugar, bien cerca de la mesita en la que la tripulación iba colocando a intervalos regulares hamburguesas y pinchos que yo mandaba a mi buche sin ningún tipo de reparo mientras pensaba en la frase y título del disco de Mojinos Escozíos "En un cortijo grande, el que es tonto se muere de hambre".

Aprovechando el jolgorio y el descontrol, un miembro de nuestro grupito echó mano de la nevera, sacando de la misma una botella de Möet. En ese momento, como si fuésemos chiquillos robando vino de misa de la iglesia del pueblo, intercambiamos miradas en plan "¿pasará algo si...?", "¿se dará alguien cuenta de que...?", pero no pasó nada, nadie se dio cuenta y al poco rato la botella estaba vacía. Guardadnos el secreto.

El extraño ruido que hace un ancla al ser izada (sí, "ancla" es femenino) nos hizo saber que tocaba dar media vuelta, y no sé si porque la tripulación tenía prisa por irse a casa, pero fuimos a toda hostia. Hicimos una breve parada cerca de la noria de la mañana para poder verla iluminada, pero nadie le hizo ni puto caso porque todo el mundo estaba ocupado bailando.

A ver, lo normal es que la noria mostrase patrones de luz chulos y tal, pero tuve la mala suerte de sacar la foto en ese momento. Y tampoco es que fuese a tirarme media noche pendiente de las lucecitas para hacer una foto decente, coño

Tras este alto nos dirigimos finalmente de vuelta al muelle que nos vio partir horas antes, y una vez atracado el barco se produjo tal desbandada de personal que no pude despedirme de nadie.

Se rumoreó que la fiesta continuaría en no sé qué discoteca, pero uno ya está mayor para según qué trotes, por lo que decidí que el día se podía dar por finiquitado. Mi novia, que aunque es más joven que yo a veces gusta de competir conmigo por ver quién se hace viejo antes, secundó la moción, así que nos volvimos al apartamento pensando que mañana sería otro día.

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viernes, 8 de abril de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 5

Conviene recordar que hace unos añitos dos titiriteros acabaron en prisión preventiva acusados de un delito de enaltecimiento del terrorismo que no fue tal. Menciono este detalle no sólo para dar la razón a Pedro Pacheco, sino porque la cuarta noche que pasé en Dubai soñé que compraba marisco fresco en el Mercadona acompañado de uno de dichos titiriteros (con quien coincidí en el colegio, por cierto), dedicándose éste a vaciar la bolsa sobre la cinta una vez llegados a línea de cajas. Ante tal marranada, yo le increpaba totalmente asqueado que ése sí que era un motivo para acabar en la cárcel. Pues bien, no había terminado de afearle la conducta cuando la alarma de mi móvil me sacó del sueño, y no pude evitar pensar que al que tendrían que encerrar es a mí, pero en un psiquiátrico, por soñar semejante contenido.

Otra cosa que pensé, poco después de salir de la cama, tuvo que ver con el desayuno, y con el capricho de querer comer algo que no me tocase preparar a mí. Por ello, bajé a un Mcdonalds cercano y me metí un cebatil importante mientras lamentaba que no sería capaz de acabarme el tanque de café incluido:


Volví al apartamento con más comida en el estómago de lo sanitariamente aceptable y acordándome de la frase "se llena antes el cuajo que el ojo", que suele decir mi madre, y me uní al grupo formado por mi novia y sus dos compañeras de curro, con quienes compartiría, minutos después, un taxi con destino a una de las sedes de su compañía en la ciudad, o algo así. Debido a esa ley no escrita que casi siempre se aplica conmigo y que consiste en colocar al pasajero más alto en el asiento delantero del coche, me tocó ir de copiloto, soportando que a cada curva se me echasen encima el lector de tarjetas y una caja de pañuelos que el taxista había colocado precariamente entre la palanca de cambios y el salpicadero.

Tras media hora en aquel caótico habitáculo en la que me dediqué a contemplar por la ventanilla los rascacielos dubaitíes mientras el resto del grupo improvisaba una reunión de trabajo, llegamos a nuestro destino, y yo me despedí de todo el mundo y me fui a buscar el Index Mall, pues se me había dicho la noche anterior que dicho centro contaba con una cafetería en la que servían un café con aroma de pistacho de-li-cio-so.

Siguiendo las pocas indicaciones disponibles, acabé en una especie de terraza en la que sólo había jardineros, y tras varios minutos buscando el acceso al centro con una creciente desesperación, me colé por la primera puerta que pillé, como si aquello fuese una prueba de Humor Amarillo, descubriendo con tristeza que el lugar, a pesar de contar con una decoración de lo más pijo, no tenía con ninguna cafetería exótica.

Lo que sí que había, y a patadas, era coworkings y mierdas por el estilo: varios locales con sofás, puffs, hamacas y pupitres nada ergonómicos ubicados estratégicamente detrás de enormes cristaleras para que jovencitos armados con ordenadores portátiles pudiesen sentarse a la vista de todo el mundo y demostrar lo importantíiiiisimo que es lo que cojones sea que hagan en la startup de turno. En plan "miradme todos, que soy project development of synergistic environments manager y estoy aquí con mi portátil desarrollando un framework multinivel para definir un business case y el seguimiento de los diferentes milestones en el workflow de mis huevos morenos" y tal.

Por cierto, hace poco una recruiter me mandó un mensaje con una oferta de empleo llena de pijadas por el estilo y me faltó el canto de un duro para responder con un "compro vocal y resuelvo"

En fin, que tras cruzar aquellos mundos de Yupi con ganas de tomarme un café di con un sitio medio escondido donde apuré tranquilamente un americano que me dio fuerzas para afrontar mi siguiente actividad: comprar cosas.

¿Puede uno enamorarse de una tienda? Pues sí. En mi caso, la tienda se llamaba Mumuso y nadie me está pagando por decir esto. ¿Que qué mierda tenían en el establecimiento para seducirme de esta manera? Pues dinosauritos cuquis, que es la mejor combinación que existe:


Salí de allí con la satisfacción de haber gastado parte de mis ahorros en cosas que no necesito y pasé entre varias galerías de arte en las que olía a colonia antes de dirigirme al exterior por primera vez en mucho tiempo y pensar que Dubai es un gran centro comercial subterráneo. Tras unos pocos minutos disfrutando del aire fresco sazonado con gran cantidad de gases nocivos cortesía de los miles de coches de la ciudad, recibí un mensaje de mi novia haciéndome saber que su jornada laboral había concluido. Varios "¿dónde estás?" e intercambios de localizaciones después, pudimos reencontrarnos, y nos fuimos juntos a la parada de metro más próxima con la idea de dirigirnos al Gold Souk, o mercado del oro.

Mrcado del oro. El sitio da lo que promete

Este distrito, uno de los más famosos del "Dubai clásico" (si es que este concepto realmente existe en esta vorágine de rascacielos y derroche) cuenta con multitud de joyerías y tiendas de especias famosas por ofrecer sus productos a un precio más bajo del habitual. De hecho, no fueron pocas las veces que escuché que Fulanito o Menganito había aprovechado su estancia aquí para llevarse cantidades industriales de azafrán, pues compensa. El problema es que yo no soy precisamente azafranólogo, y a mí me puedes colar teja rallada y decirme que es la major especia que hay, que me lo voy a creer. Por ello, descarté hacerme con el caro aderezo y pensé que, si no se iba mucho de presupuesto, podría comprar alguna que otra cadena (cadenita. Muy fina. MUY MUY fina) de oro para mis familiares. Sin embargo, tras arrimarme a los escaparates de varias tiendas, comprobé que los precios no eran visibles desde el exterior, y como lo de entrar, preguntar, entablar conversación, regatear y demás no son compatibles con mi ansiedad social, decidí que las cadenitas de los cojones se iban a quedar donde estaban.

Nos centramos entonces, ya que estábamos allí, en buscar souvenirs, y tras pasar más rato del que debíamos en una tienda con objetos a cual más horrendo perseguidos descaradamente por uno de los dependientes, probamos suerte en un segundo local en el que mi novia decidió hacerse con un par de pijadas para regalar. No obstante, el sitio no aceptaba tarjetas de crédito, y el dueño, decidido a no perder la venta, ofreció a mi novia ir a un tercer establecimiento dotado de datáfono en el que los souvenirs eran totalmente distintos y que contaba con un dependiente que no paró de intentar vendernos ropa mientras nosotros insistíamos en que sólo queríamos una puta taza y un par de postales.

Abandonamos la orgía tendera en que consistía el Gold Souk y llegamos a una parada de metro que, a pesar de tener un diseño muy original, apestaba a cuarto de baño sin limpiar:


Tras varias paradas nos apeamos en una situada en una zona con varios restaurantes, y nosotros elegimos The Swiss butter: un local en el que el menú estaba escrito en la pared porque consistía en ternera, pollo o hambre, fritos y bañados en mantequilla. ¿Suena asqueroso? Un poco. ¿Sabía asqueroso? Pues la verdad es que no:


Además, el restaurante se encontraba al pie de un hotel la hostia de lujoso, y para ir al baño había que cruzar la recepción del mismo, en la que en esos momentos se encontraba un pianista con bastante talento, algo que uno no espera encontrarse cuando tiene en mente vaciar la vejiga.

Acabamos de comer y nos dirigimos al Dubai Mall, el mastodonte en el que yo me perdí varias veces el día anterior. Por el camino, pasamos junto al Burj Khalifa, que a día de hoy es el rascacielos más alto del mundo.

Tan largo que hay que sacar la foto en diagonal para que quepa

Y nos quedamos sin visitar su interior porque no había entradas disponibles hasta el mes siguiente. Resulta que dichas entradas son limitadas y las agencias de viajes suelen comprarlas casi todas para luego revenderlas más caras. Al menos eso es lo que nos dijo la compañera de mi novia.

Dejamos atrás el fálico icono y llegamos al mall, que está prácticamente al lado. Nos adentramos a través de la entrada más pija de todo el lugar y yo no puede evitar pensar que el ejército de seguratas dispersados por allí se nos iba a echar encima en cualquier momento para decirnos que los pobres no teníamos permitido estar en esa zona. Para que os hagáis una idea, os pongo varias fotos que sacó mi novia en el baño:




Una vez dentro, nos dirigimos a una tienda a la que teníamos echado el ojo desde hacía tiempo: Daiso. Se trata de una especie de todo a cien con productos casi exclusivamente japoneses, y aunque el concepto prometía, lo que encontramos nos defraudó bastante, pues lo único que merecía la pena eran los vasos. Y yo tengo clarísimo que el poco espacio que aún hay en mi alacena será ocupado por mierdas compradas exclusivamente en la tienda Pokémon del Sunshine City de Tokio, si es que alguna vez tenemos la oportunidad de volver allí.

Para compensar, del Daiso fuimos al Mumusu, que estaba prácticamente al lado y que, al igual que el de por la mañana, estaba lleno de mierdas que me pedían a gritos irse conmigo. Y así fue:

La calculadora tiene un laberinto por detrás, ojo

De esta tienda fuimos al Decathlon (sí, también había Decathlon aquí) porque no había metido en la maleta calcetines tobilleros y al día siguiente me tiraría el día entero en pantalón corto por motivos que ya os contaré. Después de pasar por la tienda de deportes gabacha y por una de golosinas, entramos en la megastore de Virgin en la que el día anterior me pillé un porrón de películas para mi Instax, y en esta ocasión salí de allí con el siguiente juguete:

La pegatina no estaba incluida. Se la puse después porque tengo un montón de ellas y ninguna vergüenza

Tal paliza consumista nos empezó a pasar factura, y con evidente cansancio decidimos poner punto y final al día. Recorrimos la galería que conecta el centro comercial con el metro y volvimos al apartamento. Antes de llegar, le dimos un sobre de comida húmeda a una gata callejera que al acabar de papear salió corriendo sin dar las gracias ni nada:


Subimos y dejamos todas las compras en la habitación. Yo probé el piano y confirmé que funcionaba correctamente y que no me tocaría cagarme en todo y volver al Dubai Mall una tercera vez para cambiar el cacharro. Acto seguido, mientras mi novia asaltaba la nevera, bajé al mismo Mcdonalds en el que desayuné al principio de la entrada para hacerme con unos nuggets que rematasen esta jornada llena de caprichos.

Sí, llevo varias entradas largando mierda contra el capitalismo, y no he parado de contar cómo caía una y otra vez en sus garras de forma estúpida (y eso que aún no sabéis la que me esperaría al día siguiente). Podéis denunciarme a la policía de la coherencia, si queréis. 

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viernes, 1 de abril de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 4

Ignoro si fue debido al atracón de cruasanes y pan de pita fosforito de la víspera, pero cuando desperté por la mañana no fui capaz de recordar lo que había soñado durante la noche. Esto tuvo su parte buena, pues al no ser capaz de saber si había protagonizado alguna pesadilla, los primeros minutos de la jornada se hallaron libres de toda angustia absurda. Gracias a esta paz mental pude afrontar los wordles del día al tiempo que me jalaba unas tostadas acompañadas de un café para acto seguido tener que fregar yo mismo los cacharros, pues el lavavajillas del apartamento seguía muerto.

Y ya que hablo del apartamento, destacaré aquí un detalle que descubrí esa misma mañana, y es que junto a la entrada de servicio (del clasismo de la zona preferiría no hablar, que me da asco sólo de pensarlo) había un cuarto de basuras consistente en una trampilla por la que arrojar las bolsas de residuos, las cuales se estrellaban con ligero estrépito tras unos segundos recorriendo los veinte pisos que nos separaban del nivel de la calle.

Tras jugar un rato al "precipicio de la basura" como si fuese un niño gilipollas, me di una vigorizante ducha y salí del piso con la intención de llevar a cabo una actividad que, aunque no pudiese definirse exactamente como "cultural", al menos resultaría más útil y enriquecedora que patear por calles desiertas para acabar metido en un centro comercial (aunque, spoiler alert, mi día al final no sería muy diferente). Mientras me dirigía al metro saqué una foto de estos barcos:

No quiero adelantar acontecimientos, pero el tema de los barquitos va a tener peso dentro de un par de entradas

Una vez dentro de la parada de metro, y mientras esperaba la llegada del mismo, vi un cartel que informaba de la existencia de un área exclusiva para mujeres y niños:

No sé a vosotros, pero a mí, que a estas alturas sea necesario habilitar espacios así me parece vergonzoso y una mierda. Y no quiero entrar más en el debate porque ni yo soy Inés Hernand ni este blog es Gen Playz

Llegó el metro, y yo me adentré sabedor de que tenía por delante un viaje largo que te cagas (por si no lo había dicho ya, el metro de Dubai es, de entre aquellos que no tienen conductor, el más largo del mundo. Y LO NOTÉ). Tras varias paradas, pude hacerme con un sitio, pasando gran parte del trayecto soportando a un señor que tenía una idea muy diferente a la mía con respecto al espacio personal y que no dejaba de mirar descaradamente la pantalla de mi móvil, en la que yo trataba de leer el último artículo de Roger Senserrich. Tras un rato de lo más incómodo para uno de nosotros dos (adivinad para quién) me entraron ganas de invitarle a que se sentase en mi regazo, lo cual le facilitaría la labor de meterse en mi espacio y en mi puta vida, pero el jambo se apeó en ese momento y pude seguir leyendo en paz hasta que me tocó bajarme a mí.

Debido a un arranque aventurero que, sólo Alá sabe por qué, me dio mientras llegaba, elegí la parada previa para abandonar el vehículo, pero un vistazo rápido a Google Maps confirmó que en aquel lugar no encontraría NADA que mereciese la pena, por lo que recorrí de nuevo las escaleras en dirección al andén y esperé unos minutos a la llegada de un nuevo vehículo. En ese rato, un chico se me acercó y me preguntó de malas maneras que si estaba en el sitio correcto para ir a la parada de Union Station. Y yo estuve a punto de responder a su bordería con un "¿tengo pinta de ser de aquí?" pero, tras un par de segundos de reflexión, me di cuenta de que aquí nadie tiene pinta de ser de aquí, por lo que decidí ser amable sin que sirviera de precedente y le dije que sí, que se metiese conmigo en el vagón que justo estaba llegando en ese momento, pues le llevaría a su deseada Union Station.

Y no, no le di indicaciones falsas, cabrones.

Una vez en la parada más cercana a mi destino, abandoné definitivamente el metro y caminé por una zona totalmente diferente a lo que me había acostumbrado a ver en los últimos días. Aquí no había apartamentos de lujo, rascacielos y cristalitos decorando las aceras. Aquí vivían los que trabajan para quienes ganan en un día más que vosotros y yo en un año y vienen a este enorme escenario que es Dubai para presumir de un tren de vida que dé sentido a sus ídems.

Mientras caminaba y daba vueltas a todas estas ideas sobre diferencias de clases, injusticias sociales y ganas de que se vaya todo a la mierda porque nada va a cambiar, llegué al lugar que había estado deseando visitar desde hacía mucho tiempo: un puto marco.

Por si aún no ha quedado claro, insisto: cuanto más absurda y desproporcionada resulte la arquitectura de un edificio o monumento, más ganas tendré de visitarlo, y el Dubai Frame se llevaba la palma en esta ciudad: un rectángulo de ciento cincuenta metros de alto y noventa y cinco de ancho hueco por dentro, representando un marco de fotos que, en teoría y como justificación para su existencia "divide al nuevo y clásico Dubai del moderno y futurista". Vamos, un satanazo como a mí me gusta entre la parte pija y la parte pobre.


Os pongo otra foto de más cerca para que apreciéis el despropósito en detalle:


Tras pagar la entrada y acceder al interior, fui recibido por un fotógrafo que se encargaba de colocar a los visitantes contra una pared y sacarnos dos fotos: una posando como nos saliese de los huevos y otra con el pulgar hacia arriba. Después de este embarazoso momento en plan parque de atracciones durante el cual no pude evitar sentirme un poquito gilipollas, pasé a una sección con olor a colonia que recreaba cómo era la ciudad de Dubai antes de que el petróleo la convirtiese en la Sodoma de los Emiratos, con sus puestos de mercado y poco más. Tras esta experiencia, tomé el ascensor junto con una pareja de guiris tan guiris como yo y fuimos transportados durante el tiempo que tardé en hacer chof chof con las manos varias veces tras aplicarme en las mismas un chorrazo de gel hidroalcohólico a la galería superior, la parte más interesante del edificio. Aquí, una azafata nos dio la bienvenida y nos dijo de la forma más amable posible que ni se nos ocurriese saltar sobre los cristales, y yo pensé "tranquila, que esa idea no se me había pasado por la cabeza". Y es que todo el piso estaba atravesado por una alfombra de vidrio y, si uno vencía el vértigo y miraba hacia abajo, podía ver que nos encontrábamos a decenas de metros de un hostión guapísimo:


Perdonad, que se me han colado los pies en la foto.

Así mejor. Acojona, ¿eh?

Además de mirar al suelo como hacía el Cabrero en la canción Como el viento de poniente que con tanto arte versionó Marea, también era posible divisar el Dubai rico a un lado:


A otro el Dubai pobre:


Y allá a su frente, un puesto de café. Pero de esto no saqué foto. De hecho, ni siquiera me pedí uno, pues no me apetecía tener que tomármelo de pie y ya me estaban entrando ganas de salir de allí. Bajé en el ascensor localizado en el lado opuesto y fui conducido a una sala en la que se proyectaba en bucle un video en casi trescientos sesenta grados representando cómo creen aquí que será Dubai en el futuro, con sus robots, sus drones, sus rascacielos llenos de plantitas y matojos varios, sus twizys corriendo por carreteras metálicas y su música al estilo Daft Punk sonando de fondo:


A toda esa fantasía hay que añadir que las mujeres seguirán tendiendo que llevar velo, por lo visto:


De todas formas, todo el mundo sabe que en el futuro Dubai estará debajo del agua o de la arena.

Una vez terminó el vídeo, salí de allí y me topé con dos empleadas que intentaban venderme las fotos cutres de la entrada. Tras esquivarlas como si fuese un recortador de toros salí al exterior sin mirar atrás y recorrí una zona llena de edificios en construcción hasta que llegué al metro. Confirmé que la alternativa a pagar viaje para una única parada era caminar durante CUARENTA minutos siguiendo un rodeo de la hostia porque esta ciudad odia profundamente a los peatones y pasé al vagón, agradeciendo que el viaje fuese tan corto, habida cuenta de lo petado que estaba. El lugar que elegí para comer se encontraba en pleno corazón del World Trade Centre, que puede sonar pijo, pretencioso o incluso rimbombante, pero que no dejaba de ser una puta explanada de cemento:

Imaginad esto en verano

De los diferentes establecimientos que había allí, elegí una hamburguesería que ofrecía carne de vaca alimentada 100% con hierba. Y aunque mi paladar no da para confirmar o desmentir aquella afirmación, lo que me pedí estaba bien rico: 


Mientras daba cuenta del almuerzo en la terraza del sitio y contemplaba con cierto regocijo a yupis que literalmente se derretían al sol bajo sus trajes, camisas y corbatas, otros yupis que comían a mi alrededor mantenían conversaciones vacías relativas a sus trabajos de mierda; y en ese momento no pude evitar pensar que el capitalismo es un sistema creado por y para vendehumos.

Le he dado varias vueltas a ese pensamiento desde entonces, y no sólo estoy cada vez más convencido de ello, sino que me juego una hamburguesa de carne de vaca alimentada 100% con hierba a que nadie puede demostrar que me equivoco.

Tras dejar la bandeja vacía, abandoné el lugar esquivando charcos de yupi para acto seguido pasar junto a una cola de gente que, sufriendo la solana, esperaba pacientemente la llegada de un taxi que les llevase al aeropuerto, a un hotel pijo, a un puticlub o vete a saber dónde:

Insisto. Imaginad esto en verano

Me adentré entonces en la feria de muestras de Dubai con la intención de colarme en alguna convención en la que poder rapiñar mierda gratis:


Sin embargo, todas las puertas del interior estaban guardadas por sendas parejas de seguratas. Intuyendo que bajo aquellas circunstancias lo único que me iba a llevar gratis sería una buena hostia, me largué del edificio con la intención de ver otra creación loca: el Museo del Futuro.

Hay quien dice que su curiosa forma representa un ojo humano. Pero yo ahí veo un donut aplastado porque soy muy simple

Debido a que estaba recién acabado, aún no se podía visitar cuando estuve allí, por lo me conformé con sentarme en un banco a contemplar su curiosa fachada y cómo una modelo asiática se hacía miles de fotos en sus proximidades mientras el fotógrafo ponía a prueba su paciencia. Cuando me cansé de aquel teatrillo eché a andar de nuevo, pasando esta vez junto a rascacielos que parecían sacados de la mente de una Ayn Rand más enferma de lo normal:

Cuando Dubai acabe bajo las aguas el videojuego Bioshock cobrará sentido

También pasé a través de un centro comercial escondido en un sótano del que no diré nada ahora porque Dubai será todo lo grande que tú quieras, pero es que resulta que al día siguiente acabé por casualidad en el mismo sitio y todo eso lo dejo para la siguiente entrada, mira tú.

La tarde avanzaba, mis pies se cansaban y mi cerebro exigía café. Y yo a aquella altura de mi estancia en la ciudad ya había concluido que la forma más rápida y eficaz de hacerse con uno de estos brebajes consistía en adentrarse en un centro comercial, por lo que fui al más grande del mundo: el Dubai Mall.

Cerca de allí, un bloque de viviendas con un nivel de pijerío over 9000 y una ristra de cochazos aparcados frente a su fachada me recordó que jamás podré aspirar al nivel de vida de quienes habitaban aquella parte de la ciudad:


Y yo ahora os pregunto: ¿os gustaría vivir en uno de estos lujosos apartamentos? Si habéis respondido que sí, os diré que mierda para vosotros, gilipollas, pues a diez escasos metros de los edificios, con tres carriles por sentido, viento en popa a toda vela, no alegraba sino que jodía la vista y los pulmones de los residentes una estupenda autopista:


Tras dejar atrás aquella infame promoción inmobiliaria, entré en el bullicioso mall y descubrí un acuario gigante al que decenas de personas sacaban fotos al tiempo que competían con las criaturas del interior en lo de poner cara de besugo.


Llegué a una cafetería y me trinqué un café con chocolate. Éste contaba con una concentración de azúcar que dudo habría sido legal bajo los estándares sanitarios de la Unión Europea, por lo que salí de allí como un mapache con epilepsia y me perdí varias veces mientras intentaba dar con una tienda que vendiese película para mi cámara Instax. Tras encontrar un pack de CINCUENTA fotos en la Megastore de Virgin que gastaría en pocos días, me fui del centro comercial, no sin antes fliparlo un poco al descubrir que el sitio contaba con clínica propia:

Pero seguro que aquí las PCR son más baratas que en la mierda de Quirón

El Dubai Mall está conectado con el metro a través de una galería comercial llena de puestos cuyos vendedores son muy de asaltar a los viandantes ofreciéndoles colonias. Dicha galería, por cierto, es larga de cojones, y a pesar de contar con cintas transportadoras en gran parte de su trayecto, aquella asistencia no fue suficiente para mi espalda, que empezaba a pedirme que me largase ya a la cama. Sin embargo, el jefe de mi novia propuso que fuésemos a cenar, así que ni yo pude satisfacer a mi espina dorsal ni vosotros os vais a librar de un par de párrafos más de turra.

De camino al apartamento me crucé con el muchacho responsable de que la Marina de Dubai se encontrase alfombrada de "cromos" (algo que conté hace un par de entradas), los cuales eran arrojados al suelo por este individuo con una naturalidad y un salero dignos de ser mencionados en este blog tal y como acabo de hacer. Tras encontrarme con mi novia y dejar los paquetes de Instax en mi habitación, los dos nos dirigimos al restaurante ligeramente pijo en el que su jefe, la pareja de éste y una compañera de curro ya ocupaban una mesa. Una vez más, sin saber muy bien qué platos elegir de la exótica carta, dejamos que fuese el jefe el encargado de hacer la selección, y sigo sin tener muy claro qué cené aquel día, pero he de reconocer que estaba todo riquísimo:

¿Alguna vez habéis comido sushi caliente? Yo hasta aquella noche tampoco

Dimos cuenta del cebatil mientras la compañera de mi novia a su vez me daba una lección de geografía acerca de la Península Arábiga y el Estrecho de Ormuz como ningún profesor ha sido capaz de dármela nunca, y a la llegada de los postres rechacé todas las opciones muy a mi pesar porque había acordado con mi organismo que los empachos en Dubai tendrían lugar cada dos días. Pero bueno, al día siguiente tampoco jalé tanto. Ya os contaré.

De todas formas, al final resultó que hice bien en no comer postre. Se comenta que la tarta de chocolate del restaurante tenía tantísimo azúcar que me habría hecho volver al apartamento trepando por la tapia del edificio.

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viernes, 25 de marzo de 2022

Bajo el sol en febrero. Capítulo 3

La guionista y cómica Carmen Romero dijo una vez en un vídeo de David Suárez (no tenéis ni idea de quiénes son esos dos, ¿verdad?) que el organismo tiene poco que hacer en la zona del estómago cuando uno se va a dormir después de una cena ligera, por lo que se centra en el cerebro y así se tienen sueños lúcidos. Y no sé si será verdad, pero yo la noche anterior había cenado sólo un sandwich y soñé varias veces que perdía mi tarjeta de crédito. No es de extrañar entonces que la llegada del nuevo día me pillase con una ligera angustia. Y si esto no fuese ya suficiente problema del primer mundo, cuando terminé de subir el mugroso estor de la habitación y me lavé las manos descubrí que el sitio al que tenía planeado ir a desayunar desde que supe que vendría a Dubai no abría sus puertas hasta las doce del mediodía.

Dispuesto a no renunciar a que otros preparasen mi primera comida del día, busqué algún local cercano a través de Google Maps (los de Google no me pagan por hacerles publicidad, por cierto. Pero deberían) y di con uno con buenas referencias (y fotos de los platos bastante apetecibles, que en el fondo es lo que importa) llamado Eggspectations. Como mi novia contaba con tiempo antes de empezar su jornada laboral, decidimos apostar por el sitio y nos dirigimos allí a través de una calle forrada de impracticables adoquines y baldosas resbaladizas que a primera hora de la mañana parecía un parque de atracciones cerrado:

De noche, imbéciles metiendo acelerones con sus descapotables y prostitutas. De día, la nada

Al llegar al local nos asignaron una mesa y nos dieron sendos menús repletos de platos de los que garantizan empacho posterior. Y así fue:

Patatas, salchichas, bacon y tortitas. Tortitas gordas, aclaro. Y un huevo frito en todo lo alto cortesía de la casa

Terminamos de comer y rodamos por el empedrado de vuelta al apartamento, y cuando llegamos mi novia agarró su portátil y se largó a currar, pues por lo visto tenía programada una reunión de equipo en una piscina (que no sé yo cómo de productivo puede resultar algo así, pero chico, cuando uno está en Dubai no se para a pensar en esos detalles). Con ella y sus dos compañeras dedicadas a sus quehaceres laborales de dudoso rendimiento, un acompañante que había tomado las de Villadiego a primera hora, y el plus one restante pidiendo permiso para largarse a la playa a dar un paseo con su chiquilla, me tocó quedarme a mí en el piso a esperar a que viniese alguien a revisar las pifias. Y es que resulta que, amén del problema con los enchufes de la víspera (resuelto horas después, por cierto), había varias luces de la planta superior que no funcionaban (esto me daba igual porque nuestra habitación estaba en el piso de abajo), a lo que había que añadir el lavavajillas, que también estaba jodido (y esto ya me daba menos igual, pues soy un vago de cojones y cuando cohabitan seis adultos y un bebé en un mismo sitio el número de cacharros que hay que fregar aumenta exponencialmente con el paso del tiempo). Considerando la "celeridad" con la que se presentaron para arreglar el chivato, aproveché la larga espera que se avecinaba para ponerme al día con Hora Veintipico y resolver los distintos wordles de la mañana.

Tras entregarse a semejante esfuerzo mental, mis siete neuronas acordaron que lo más adecuado en ese momento sería que me echase una siesta, pero no pude llevar a cabo tan placentera tarea porque justo entonces llegaron dos técnicos a revisar el lavaplatos. Su concienzudo análisis consistió en tocar la puerta del inerte electrodoméstico con la punta de un destornillador, mirarse el uno al otro y encogerse de hombros, para acto seguido decirme que el aparato no funcionaba. Y yo, tras pensar que la frase "olé vuestros huevos toreros" pierde mucho si se intenta traducir al inglés, pregunté que qué pensaban hacer, a lo que respondieron, tras un nuevo encogimiento de hombros, que alguien tendría que venir en otro momento para intentar arreglar el lavavajillas o reemplazarlo.

Cinco días después abandonaríamos el apartamento y el mismo lavavajillas, aún estropeado, seguiría allí.

Con Manolo y Benito aún presentes en la cocina, el padre volvió de su paseo por la playa con la bebé, por lo que aproveché para colocarle el marrón y escabullirme. Y es que el día anterior había visto desde el metro de vuelta una zona con bastante actividad comercial que prometía ser interesante, y mi plan consistía en ver si de verdad valía la pena patear por allí. Mientras me dirigía al metro por una nueva ruta, descubrí que las pocas veces que los coches no hacían demasiado ruido, se podía oír a unos pajarillos cuyo trino sonaba igual que los semáforos de Madrid cuando están en verde para los peatones. Dichos pájaros, por cierto, tenían un plumaje peculiar por el cual parecía que llevasen unas gafas amarillas. También descubrí por enésima vez que aquí te multan por todo:

Multaca por cruzar como no es debido

No muy lejos de allí, un horrendo rascacielos mostraba el nombre de la inmobiliaria a cargo, y su nombre me daba risa floja porque me recordaba a cierta canción chorras interpretada por no menos chorras autor:

EMAAR... EMAAAAR... EMAAAAAAAAR

Me adentré en el metropolitano con la cancioncilla de los huevos aún metida en la cabeza y me dirigí a la zona prometida. A mi llegada fui recibido por semejante muralaco:

Adoramos al líder. Bueno, a los líderes

Y de lo que vi por allí poco puedo decir, pues me llevé un chasco considerable. Todos los locales que se veían desde lejos resultaron ser un par de supermercados (lo cual en el fondo me vino bien para comprarme agua, todo sea dicho) y una tienda de ropa de deporte con descuento (algo que yo no necesito a estas alturas de la vida, que con esto de trabajar en mi casa desde hace dos años, llevo desde entonces poniéndome el mismo pantalón a diario). Intentando sin éxito dar con algún emplazamiento interesante, callejeé por la zona descubriendo que lo que más abundaba en ese barrio eran locales de masajes. Y ganas de entrar en alguno me dieron, ya que mi espalda no paraba de recordarme que mucho estaba yo caminando aquellos días. Sin embargo, la expectativa de tener que confirmar disponibilidad y deshacerme de todos mis enseres mientras alguien que no conocía trasteaba mis doloridos músculos, me echó para atrás.

Mientras rechazaba tozudamente recibir tratamiento fisioterapéutico, di con un todo a cien inmenso al que me adentré cual marino siguiendo el canto de las sirenas. Y, al igual que los navegantes de las leyendas estrellaban sus barcos contra las rocas, yo me di una metafórica hostia al comprobar que allí no había ningún artilugio a la venta lo suficientemente kitsch como para merecer que echase mano de mi cartera. Abandoné la tienda apesadumbrado y crucé una calle plagada de restaurantes de comida india. Habida cuenta de que la gusa empezaba a rondarme, creeréis que jalé en alguno de ellos, pero de eso nada. No soy ningún experto en la gastronomía asiática y no quería jugármela pidiendo algo que no me gustase o con tal cantidad de picante que terminase horadándome el intestino.

¿Dónde comí entonces? Pues podéis odiarme, porque mira que es grande Dubai y yo terminé yendo... a un triste Pizza Hut dentro del mismo centro comercial al que fui el día anterior. Eso sí, esta vez entré por otra puerta y me di cuenta de que el sitio contaba con pista de ski propia:

Dubai y Móstoles. Ciudades hermanas

Con su telesilla y todo, ojo

¿Qué tienen en común Dubai y Móstoles? Que las dos cuentan con un centro comercial con pista de ski y que no me quedaría a vivir en ninguna de ellas NI DE COÑA

Me comí la pizza (que no tenía nada que envidiar a las del restaurante Luna Rosa) en un cubículo muy parecido a los que salen en las películas cuando alguien va a visitar a otro alguien a la cárcel y se hablan por teléfono y decidí que un café remataría muy bien el almuerzo de aquel día. Antes, pasé por el baño, frente a cuyos lavabos encontré a varios hombres lavándose la cara y la nuca. Dicha actividad, aunque no lo he mencionado hasta ahora, solía tener lugar en casi todos los servicios públicos en los que me adentré, y como no sé si esto obedecía a algún tipo de rito religioso y no quiero meterme en líos, mejor no diré que aquellos señores parecían camioneros dándose un agua en un área de servicio de Castilla-la Mancha. Además, este chiste se lo leí a Garzari y robar chistes está muy feo.

Mientras buscaba algún establecimiento dentro del centro comercial (pues no me apetecía complicarme la vida) en el que poder encafetarme, pasé junto a una cafetería con pinta bastante pija cuyo mostrador contaba con varios dispensadores de frutos secos acompañados por un tarro de Nutella de tamaño industrial, como si de una crepería se tratase. Y entonces me entró un antojo terrible de crêpe. Un antojo que superaba mis ganas de huir de allí ante la clavada que se avecinaba. Le pregunté al de la entrada que si servían crêpes de chocolate, y me dijo que no. Y a mí ya se me estaba poniendo cara de Mackenzie Davis cuando el mismo empleado se corrigió a sí mismo y dijo que sí, que tenían crêpes, que me sentase donde quisiera.

Al poco rato, este mismo personaje se acercó a mi sitio para explicarme su contradictoria respuesta: algo relativo al chef de aquel sitio que no entendí en absoluto. Minutos después vino por segunda vez, portando en esta ocasión una bandeja con mi café y... una porción de tarta. Y yo, que me estaba mosqueando porque aquello empezaba a parecer una escena de Seinfeld, me disponía a preguntar que de qué iba aquella pantomima, pero antes de que pudiese decir nada, el jambo depositó la taza en mi mesa y se dio media vuelta, llevándole la tarta a otro cliente.

Confuso ante los acontecimientos, busqué disimuladamente la cámara oculta, pero mi mosqueo se disipó pronto. Concretamente, lo que tardaron en traerme, ahora sí, la deseada crêpe de los huevos:


He de aclarar que lo que me sirvieron no fue exactamente una crêpe con chocolate. Fue chocolate con una crêpe que me dio un subidón de azúcar de la hostia, y a mí este tipo de estímulos me llevan a hacer chorradas. En este caso, volver a la librería en la que el día anterior compré un libro en árabe para mi madre con la intención de hacerme con un estuche decorado con dinosauritos. Sin embargo, cuando agarré el plumier y vi su precio, se me pasó el subidón azucarero y decidí que con una clavada al día había sido más que suficiente.

Aprovechando que tenía el estómago lleno, bajé al hipermercado Carrefour con el que contaba el centro comercial (niños, nunca vayáis a comprar con hambre), ya que quería ver si allí también tenían cajas con chorrocientos cruasanes como es habitual en Valladolid, y así fue. Como si no me hubiese metido bastante mierda al estómago a lo largo del día, salí del local con una caja repleta de este maravilloso producto de repostería austriaco (habiéndolo pagado, se entiende). Caja, todo sea dicho, que no llegó tan repleta al apartamento, ya que me jalé tres cruasanes de camino al metro (yo no sé dónde tengo yo el hueco para tanta comida, la verdad). Y no fueron cuatro porque no tuve tiempo, pues una vez en el interior del vehículo vi que estaba prohibido comer so pena de, como estaréis imaginando, llevarse una estupenda multa:


Durante el trayecto, y de forma casi serendípica, se comentó en el grupo de Signal que compartíamos los inquilinos que podríamos juntarnos para cenar en un restaurante Libanés. Y yo jamás me había adentrado en un sitio así, pero a diferencia de lo que ocurrió con los indios del mediodía, que tendría que haber encarado en la más absoluta soledad, en este caso contaría con la tutoría de gente entendida en el tema que me orientaría a la hora de elegir platos. Mi llegada al piso coincidió con la de mi novia y sus compañeras, quienes mostraban unos signos de agotamiento y de estar hasta el coño de trabajar de lo más evidente. Pensé con ligera tristeza que esta gente curraba demasiado y, tras pasar allí dentro lo que se tarda en dejar unos portátiles encima de la mesa, bajamos de nuevo con la idea de cenar.

Y yo ahora debería decir que el restaurante se encontraba en el interior de un hotel cercano al apartamento, pero lo de "se encontraba" es más bien un eufemismo. Resulta que el comedor estaba escondidísimo dentro del edificio, y para poder llegar y sentarse en una de sus mesas había que atravesar tal cantidad de pasillos y puertas que ríase usted de la intro del Superagente 86. El jefe de mi novia dejó caer que conocía el sitio y que casi siempre estaba vacío, y yo pensé que aquello tenía sentido no sólo porque el lugar se hallaba directamente oculto al mundo, sino porque la luz ambiente era de un desagradable que rozaba el mareo. Enseguida os pongo alguna foto para que veáis que no me lo invento.

Una vez dentro del libanés nos reunimos con más compañeros de curro de mi novia cuyos nombres olvidé a los pocos segundos de que me los presentasen porque mis habilidades sociales brillan por su ausencia, y tras más tiempo de lo normal ojeando la carta, pedimos unos cócteles, a cual más estrambótico, que hacían sufrir de lo lindo al camarero encargado de servírnoslos. Y es que el pobre tenía que llevar a cabo performances dignas de La Fura dels Baus: desde verter humo procedente de una "lámpara mágica" sobre un vaso en el que una rama de lavanda se mantenía en equilibrio, hasta filtrar la bebida a través de un depósito lleno de fruta cortada en dados al que el líquido llegaba después de cruzar un tubo en espiral, como el de las pajitas de plástico que regalaban con el Nesquick y que acababan llenas de mierda porque en los noventa no había forma humana de limpiar una pajita por dentro. Y menos aún si tenía espirales, no me jodas.

Al ver al camarero centrado en tan tonta tarea, un pensamiento que se repetiría varias veces durante aquella semana cruzó mi mente: es increíble el nivel de gilipollez que llega a alcanzar el ser humano cuando se trata de inventar chorradas para entretener a gente con pasta.

Mientras reflexionaba acerca de las dichas y desdichas del mundo capitalista, llegó el momento de elegir algo para comer, y lo tuve difícil no tanto por mi desconocimiento acerca de la gastronomía libanesa, sino porque un ligeeero dolor de estómago decidió hacer acto de presencia. Y como soy un neurótico, en vez de atribuirlo a la panzada de cruasanes que me había metido en otro distrito de la ciudad, decidí que aquello tenía pinta de gastroenteritis recién nacida (en serio, hay veces que no me soporto a mí mismo). De todas formas, se acordó que se pedirían platos variados y que compartiríamos su contenido. Por ello, si me preguntáis que qué cené aquel día, os diré que, literalmente, lo que tenía delante en cada momento. Eso, y muchísimo pan de pita, pues no dejaban de traernos cada vez más y me daba apuro que se quedase allí cuando nos marchásemos:

Ojo a la luz. ¿Es o no es desagradable? Joder, que el pan se ve fosforito

Una vez dimos cuenta del ágape, volvimos al piso, y nos quedamos de pie, en el salón, hablando más tiempo del que mi agotado organismo habría deseado. Mientras la tardía charla tenía lugar, una compañera descubrió que había perdido su móvil, y se empezó a considerar la idea de telefonear al libanés para ver si estaba allí. En ese momento apareció el jefe, que había encontrado el aparato y no quiso esperar a la mañana siguiente para devolvérselo a su dueña. Y entonces todos descubrieron lo hijoputa que soy, pues sugerí (en broma, aunque pareció que lo decía en serio) llamar al restaurante de todas formas para comunicar la pérdida del celular y que el personal se volviese loco buscándolo.

Tras unos confusos segundos en los que recibí miradas que claramente decían cosas como "¿de qué coño vas?" o "¿por qué eres así?", se retomó la fluida conversación, la cual, aprovechando la presencia del jefazo, pasó a centrarse en mierdas relacionadas con el curro de mi novia, y se prolongó durante otra interminable hora en la que yo no podía dejar de pensar, por una parte, en que quería meterme en la cama y olvidarme del mundo hasta el día siguiente y, por otra parte, en lo afortunados que eran los integrantes de aquel grupo porque trabajar demasiado es uno de los pocos motivos por los que no te pueden multar en Dubai.

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