jueves, 8 de marzo de 2018

Se buscan payasas

Quiero empezar esta entrada dejando bien claro que sigo de vacaciones tecleadoras. Unas vacaciones en las que estoy aprovechando para hacer cosas como lavarme los dientes tres veces al día, ignorar miserablemente al tamagotchi del que me encapriché y que mi novia me regaló hace unas semanas y sacar unas fotos horribles de todos los rincones de Dublín y alrededores. Sin embargo, llevaba varios meses dándole vueltas a un cierto tema, y he querido aprovechar el día que es para levantarme de la tumbona y daros la turra al respecto.

Hoy, 8 de marzo, ese día en el que se llevan a cabo toda clase de acciones y actividades reivindicativas a nivel internacional y en el que los italianos, que tienen una forma peculiar (por no decir otra cosa) de entender el feminismo, regalan flores a las mujeres.

fuente: newz-of-the-world
He buscado "Italian facepalm" en Google y el primer resultado no me ha defraudado en absoluto

Al tema. El año pasado, aprovechando otra efeméride (la mudanza de Franco de El Pardo a un edificio que hace puto daño a la vista de lo feo que es), publiqué una entrada en la que enumeraba a muchos de aquellos cuentachistes y graciosos profesionales (aquí es donde podría soltar "no están todos los que son ni son todos los que están", como hacía Luis María Ansón en cada edición de Miss España. Aunque yo no babearía como un perro con hambre al decirlo) que me alegraron la infancia y la adolescencia hasta el punto en el que consideré que sería divertido ser divertido (incluso sin ver un duro por ello, cuidao ahí). Poco tiempo después de publicar tal entrada me di cuenta de algo: los cómicos a los que mencioné eran todos tíos (y a quienes, tras leer esto último, estén pensando "buah, ya estamos" les sugiero amablemente que se piren de mi blog).

Volveré a este último detalle en un momento. Antes quiero reconocer que, aunque aquellos personajes y tantos otros me ayudaron (y me ayudan) muchísimo con la teoría en esto de comportarme como un payaso a diario y dejarlo por escrito cada semana hasta que este blog entró en pausa, lo de la práctica ha sido siempre cosa mía.

Y es que, para conseguir que los demás se rían contigo, hacia ti y de ti porque tú lo has decidido de antemano hay que entrenar mucho. Cada día. Durante muchos años. En mi caso, esta forma de ser empezó cuando yo era un párvulo que hacía callar a toda mi familia para que pudiesen escuchar mis chistes, los cuales jaleaban y aplaudían acto seguido aunque (ojo al dato) no tuviesen ni puta gracia. Otra actividad que llevaba a cabo con frecuencia, hasta que determiné que lo de dibujar no va conmigo, consistía en plasmar sobre papel toda clase de caricaturas y memeces que obtenían la misma calificación que mis mediocres chistes por parte de quienes me rodeaban. Los ratos de cuentachistes organizados y los garabatos de coña dieron paso a comentarios jocosos que encajaba en conversaciones entre amigos y conocidos CUANDO ME DABA LA GANA, importándome un bledo si la situación daba pie a la comedia o no. Bueno, pues seguí en ese plan durante toda la edad del pavo y mi paso por el dentista para sacarme las muelas del juicio. Y a día de hoy, con treinta y un tacos a cuestas, ni siquiera el trabajo serio que desempeño cada día, de los de llevar camisa y llamar de usted a mucha gente, me impide comportarme como un imbécil con una frecuencia de hasta diez chorradas por minuto con el objetivo de escuchar algún que otro "jaja" a mi alrededor (o "haha", que fuera de España la gente pronuncia las cosas de forma distinta).

He de reconocer que todo lo anterior no habría sido posible si no hubiese contado con una alfombra roja bajo mis pies a cada paso que daba por el camino del gracioseo, extendida por quienes apoyaban en todo momento que hiciese el bobo, y sobre la que a veces han desfilado, en plan estrellas invitadas, amigos y conocidos que me han acompañado en mis tropelías.

Una vez más, y salvo honrosas excepciones, todo tíos (he de destacar que tuve una compañera en bachillerato que era una cachonda mental, y junto a ella llevé a cabo actividades tales como tocar un tamtam y bailar cariocas en una plaza de Poitiers, entrar a un centro de ocio familiar y comportarnos como si aquello fuese un concierto de heavy metal o saltarnos una clase para ir a comernos un potito de frutas a un parque próximo al instituto).

Porque cuando yo era niño, a las niñas no se les permitía hacer el gamba. Era habitual que nosotros rompiésemos cosas, mientras que ellas debían ser cuidadosas con todo aquello que cayese en sus manos. Nosotros salíamos en las fotos haciendo muecas y ellas con cara angelical. Nosotros explorábamos, experimentábamos y nos llenábamos la ropa de mierda cuando no la rompíamos directamente (mi madre tuvo que echar tantos viajes a la mercería para hacerse con rodilleras que pegar en mis pantalones de chándal que acabaron llamándola por su nombre a cada nueva visita), pero ellas debían mantener sus vestiditos marca Mayoral impolutos, so pena de bronca gorda. A nosotros se nos permitía errar entre risas, mientras que a ellas se les penalizaba por salirse del camino recto... No era de extrañar, pues, que niños y niñas fuésemos diferenciándonos cada vez más en nuestra forma de entender el ocio.

Y claro, al igual que una planta que no se tuerce porque ha crecido atada a un palo, o un perrillo de circo que camina sobre dos patas porque ha recibido hostias durante toda su vida para ello (los perros que andan sobre dos patas NO son graciosos. Erradiquemos eso) las niñas de mi generación que habían sido educadas en unos valores que las apartaban del noble arte de hacer el tonto (al tiempo que nosotros, siempre que no cayésemos en el vandalismo, contábamos con el beneplácito de los adultos en nuestro desarrollo como potenciales cabroncetes) entraban en primero de la ESO con la disciplina de un soldado que, por otra parte, no sabe lo que es pisar un charco. Su actitud seria (y el hecho de que, de la noche a la mañana, la mayoría nos sacasen a los chicos una cabeza de estatura, aunque eso es otra historia) se justificaba con un "es que las chicas maduran antes". Y yo ante esta frase sólo puedo responder "los cojones".

Si ellas hubiesen podido disfrutar de nuestro privilegio, quizá nos habrían ayudado a mis colegas y a mí cuando, por ejemplo, hicimos que lloviesen manzanas dentro de clase. O, ¿por qué no? Podría haber sido una chica, y no yo, quien sacase de quicio a mi profesora de filosofía. Pero no. A aquellas alturas, las directrices recibidas desde su infancia causaban que nuestra dedicación en pos de la trastada (y por consiguiente de la comedia, pues ésta es hija de aquélla) fuese vista con recelo (e incluso con odio) por parte de nuestras compañeras. Una pena.

Decidme ahora si las cosas han cambiado lo más mínimo desde que yo era un chiquillo y mi abuela, cada vez que yo la liaba, soltaba un "Ay qué niño, si fuera niña...", porque yo creo que no. En aquella época, las únicas cómicas que aparecían por los platós se contaban con los dedos de una mano: Las Virtudes, Mari Carmen y sus muñecos, Lina Morgan (que hizo reír tanto a mi madre durante una actuación en el teatro La Latina que le curó la gripe), Paz Padilla... Y tengo que reconocer que no me acuerdo de más.

Vale, los tiempos cambian y cada vez son más las que se abren paso en este campo de nabos cómico, como Patricia Sornosa, Ana Morgade o, fuera de nuestras fronteras, Rachel Parris o Kristen Schaal (y, si queréis más, buscad en internet, que yo no he hecho los deberes. Pero me comprometo a investigar y dedicarle una entrada en el futuro, la cual llamaré "Humor con chocho"). Sigue sin ser suficiente, ya que esto de las gracietas aún constituye un terreno generalmente vedado al sector femenino de la población, y eso impide que puedan surgir maravillas como este chiste de Sornosa, que no deja de hacerme gracia por muchas veces que lo escuche o lo lea:

En una pelea entre un machista y una feminista, ¿quién gana?
Depende. Si la pelea es dialéctica, gana la feminista porque tiene razón.
Ahora bien, que si la pelea es a hostias, gana el machista porque tiene práctica.

Me quito el sombrero.

Y para terminar este peñazo quiero pedirle a todo aquel adulto responsable con el cuajo de haber llegado leyendo hasta aquí y que tenga en sus manos el poder de afearle la conducta a una niña o a una adolescente la próxima vez que haga una trastada, que se pregunte qué haría si el personaje a reñir tuviese algo colgando entre las piernas y actúe en consecuencia. ¿Quién sabe? Quizá salve así a la comedia y nos podamos reír todos dentro de unos años.

Dicho esto, me vuelvo a la tumbona. Hasta dentro de quién sabe cuánto.

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lunes, 22 de enero de 2018

El arte, con sangre entra. Bueno, eso creo

Poco he contado acerca de mi reciente visita a Nueva York, la verdad. Uno de los motivos que justifican este silencio es que, a nivel cómico, aquella semana en la Gran Manzana no dio para mucho (salvo lo de la camarera del restaurante de Chinatown, que aún lo tengo pendiente). A nivel cultural, por otra parte... Pues según se mire, porque aquí habrá gente que me aplauda por haber entrado en el MoMA y gente que piense que los veinticinco dólares que cobran por entrar habrían estado mejor invertidos si los tirase a un contenedor, o si los usase para pagar la afiliación a Vox, por ejemplo (que viene a ser lo mismo).

Sin embargo, a mí el arte contemporáneo me gusta. Ya he dicho en alguna ocasión que el arte no está en las obras, sino en cómo se lo montan sus creadores para colocárnoslas. Además, me siento bien al ver colgada en una pared alguna mierda que podría pintar yo, o viendo cómo algunos artistas trolean al personal instalando un sofá en medio de una de las salas que en realidad es una pieza más, obligando a plantar al lado a un segurata en todo momento que avise a los fatigados visitantes que ahí no se puede sentar uno (os juro que tal "obra" se encontraba allí, pero no he logrado dar con referencias a la misma después).

Bueno, pues en el MoMA estaba yo, gozándola como un enano mientras mi novia (cuyo gusto se orienta más hacia el arte clásico) agitaba la cabeza con incredulidad al contemplar cada truño, cuando tuvo lugar uno de los pocos momentos desagradables de mi aventura neoyorkina: El cuadro La persistencia de la memoria, de Dalí, había sido vilmente sustraído y llevado a una exposición temporal a París:

TÓCATE LOS COJONES

Así que no pude evitar hincarme de rodillas y liarme a puñetazos con el suelo del museo en plan (spoiler alert) Charlton Heston en la escena final de El planeta de los simios hasta que mi novia tuvo a bien avisarme de que la gente empezaba a sacarme fotos sin tener muy claro si aquello era una performance incluida en el precio de la entrada.

Tardé poco en calmarme, pero durante el rato que estuve maldiciendo al MoMA por haber cedido el cuadro, a la Fundación Louis Vuitton por tenerlo en París, a mi móvil por hacer tan malas fotos y a Margaret Thatcher porque es muy sano maldecir a Margaret Thatcher de cuando en cuando, pude recordar dos historias y una leyenda relacionadas con el arte, protagonizadas por mí, y cargadas de ese traumatismo "que no es para tanto" tan característico de mi pasado. Os las cuento.

La primera de ellas ocurrió cuando yo cursaba quinto o sexto de primaria. Estábamos estudiando la época romana en conocimiento del medio, particularmente lo relativo a los mosaicos tan característicos de aquella gente. Y como es habitual en el temario escolar de la LOGSE, la lección incluía una actividad que nos haría perder la tarde a todos los alumnos de la forma más gilipollas: tratando de emular a los artistas del SPQR, debíamos aparecer en clase al día siguiente portando sendos mosaicos que representasen un casco romano. La forma de proceder sería la siguiente: en una cartulina, tendríamos que pegar lentejas que cubriesen toda la superficie para después dar color a la obra con témperas.

Y a mí me jodió por dos motivos: el primero porque no me digas tú que no es un derroche de lo más tonto. Imagina que sales del Eroski con un paquete de lentejas cuando están en plena Operación Kilo, y le tienes que decir a quien está recogiendo alimentos que no puedes darle tus lentejas para entregárselas a los pobres porque vas a pegarlas en un puto papel. Y el segundo motivo... Pues porque siempre he sido un vago que se lo curra menos que el logopeda de M. Rajoy. Bueno, pues fiel a mi forma de ser, dibujé un casco de lo más cutre y, en lugar de cubrir su superficie con las legumbres, pasé directamente al coloreado para únicamente poner lentejas en las líneas del dibujo. Aún así, no logré terminar tal chapuza hasta altas horas de la noche y, para más inri, el transporte del trabajo finalizado provocó que la mitad de las lentejas se perdiese por el camino. Muy educativo y muy útil todo, joder.

Mi segunda anécdota tuvo lugar años antes, durante una especie de concurso de pintura que organizó Mapfre en mi colegio. Me gustaría saber quién fue el genio de aquel centro educativo que aceptó que tal memez se llevase a cabo, pues no era más que una excusa rastrera utilizada por la compañía para intentar colarles seguros a nuestros padres. Nos hicieron entrega de una gran hoja en blanco a cada niño para que plasmásemos en la misma algo relacionado con la seguridad vial y yo, no sé muy bien por qué, dibujé el coche de la gasolinera de los balancitos de Playschool:

fuente: ebay
Esto, y el Mighty Max, los putos mejores juguetes que han caído en mis manos

No gané el primer premio porque no había primer premio. En su lugar, nos citaron a todos los participantes en un hotel para recoger un obsequio y para que un ejército de agentes mapfreros le comiese la oreja a nuestros padres. Y aquí viene la parte traumática: a la hora de hacerme con mi regalo, el trajeado empleado me preguntó si me gustaba pintar. Pero a mí no me gustaba pintar. Odiaba pintar. Pintar siempre ha sido para mí una tarea tediosa (y siempre se me ha dado como el culo, por otra parte). Qué asco, pintar.

Pues le dije a aquel hombre que me gustaba pintar. Básicamente porque pensé que quedaría mal si renegaba de tal actividad artística y porque siempre he sido un poquito imbécil. Mi respuesta provocó que, de entre los objetos que nos estaban dando, el señor eligiese unas pinturas y un cuaderno para colorear, artículos a los que desde aquel mismo momento no hice ni puto caso. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que a mi vecino, que sentía la misma pasión que yo por el ejercicio pictórico (y que tuvo los huevos de reconocerlo), le dieron un coche de juguete y una hucha con candado que molaban UN HUEVO y que yo podría haber conseguido también, pero que ni olí. Por imbécil, insisto.

Y ahora, la leyenda.

Me toca viajar atrás en el tiempo un poco más. Concretamente, a mil novecientos noventa. Durante el verano de aquel año, mis padres reformaron la nave que existía al otro lado del patio trasero de mi casa y que había sido utilizada para albergar conejos décadas antes de que yo naciese. Mi padre contaba con usar el lugar como despacho y biblioteca, y le quedó un cuarto de puta madre, las cosas como son.

Aquella reforma incluyó, entre otras actividades, darle una mano de pintura al cuarto. Al poco de terminar esta tarea, con el habitáculo vacío y aún oliendo a barniz, quien escribe estas líneas echó mano de una caja de ceras Dacs que había por casa y llenó de garabatos el espacio entre la ventana y el suelo. Me quedé de un a gusto que te cagas dándole a las pinturas. Tres añitos tenía.

Y aquí viene la parte por la que digo que esto es una leyenda. Yo juraría que mi padre, al descubrir mi "creación" me infló a azotes con toda la razón del mundo mientras yo me justificaba entre sollozos diciendo que aquello era un cuadro "astrazto" (ya he dicho que tenía tres años, no seáis crueles conmigo), pero mi padre, cada vez que le hablo de esta historia, niega categóricamente que aquello ocurriese como os lo acabo de contar y asegura que fue idea suya el que yo decorase el hueco en la pared, pues es cierto que luego él añadió mi nombre y la fecha, así como un rudimentario marco alrededor hecho a rotulador permanente (años después, las condiciones climatológicas invernales vallisoletanas obligarían a mi padre a cubrir mi creación, así como el resto de paredes del cuarto, con una capa de porexpán que funcionó muy bien como aislante, por lo que no puedo ofreceros una prueba gráfica de mi obra).

De ser cierta mi versión, esto habría justificado el odio por dibujar/pintar que desarrollé posteriormente y del que acabo de daros dos ejemplos concretos, pero si mi padre dice que dejó aquel hueco a propósito para que yo diese rienda suelta a mi creatividad y que lo de la somanta es mentira, seguro que es mentira. Al fin y al cabo, mucho de lo que os he contado hasta ahora en cada artículo también lo es. O no. Os dejo con la duda.

Hablando de "os dejo", este blog va a estar en barbecho unas semanas, que ando escaso de tiempo e ideas para actualizarlo cada siete días, y no quiero que acabe convertido en Los Simpsons. Así que gracias a mis seis o siete lectores por estar ahí y hasta cuando sea.

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lunes, 15 de enero de 2018

Behave, colega (y II)

No me gusta dejar asuntos a medias, y la semana pasada corté mi guía de urbanidad para españoles en Irlanda mientras me prometía a mí mismo que, siete días después, publicaría la conclusión de la misma. Y aquí estoy, cumpliendo.

El tono de la entrada anterior era borde hasta decir "basta", y si tenemos en cuenta que llevo desde entonces de vacaciones (bien merecidas vacaciones, pues yo me he dedicado a currar mientras vosotros disfrutábais de las navidades y la nochevieja), es posible que me cueste retomar la mala hostia que me caracteriza cada vez que me pongo a darle a la tecla. Para poner remedio a esta situación y lograr que disfrutéis una vez más de mi yo gruñón, voy a realizar un ejercicio de reflexión que me devuelva a mi estado natural. Permitidme un segundo.

Qué puta gracia lo del vuelo de ida a Madrid, ¿eh? El camión de la gasofa sin aparecer por pista y el avión saliendo con hora y media de retraso. Por no hablar del policía en el control de pasaportes de Barajas, revisando los DNI del personal con una pachorra más desesperante que José María Carrascal comentando el mundial de ajedrez.

fuente: disney
A. Ver. Que. Se. Acerque. El. Siguiente. Por. Favor

Menos mal que pudiste pillar un taxi para ir a Chamartín y llegaste a tiempo al Alvia, que si no, el roscón de reyes te lo ibas a comer duro como el cogote de San Pedro. Pero la angustia no hubo dios que te la quitase. Lo que sí que te quitaron fueron treinta tazos en lugar de los dos y pico que cuesta el cercanías, que no hay viaje en el que no termines palmando pasta a lo tonto. Pero bueno, al menos llegaste a tiempo para disfrutar de una semana de lluvia, que también tienes una suerte de la leche. Valladolid sufriendo una sequía como no se ha visto en décadas, y justo se pone a llover cuando llegas tú. Así que pocas fotos has podido hacer con los nuevos objetivos de tu cámara réflex, ¿verdad? Ya podrás sacarles partido en otra ocasión. O no, habida cuenta de la suerte que tienes para estas cosas. De todas formas, al final te ha tocado esperar media semana a que te llegasen, porque no los tenían en ninguna tienda y te tocó tirar de Amazon. Y mientras tanto, venga a escuchar leísmos aquí y allá. Porque otra cosa no, pero leísmos has oído cada dos por tres, con la tirria que te dan desde que te fuiste a Irlanda y te curaste del tuyo. Y, ¿qué me dices del niño que tenías sentado delante en el vuelo de vuelta? Madre mía, qué pulmones. Que por mucho que tus auriculares reprodujesen a toda hostia los episodios de La vida moderna atrasados, los berreos del crío no te dejaban oír nada. Y mientras, el pánfilo de su padre, con viserita (que dime tú quién es el imbécil que lleva puesta visera dentro de un avión), mirando al mocoso y riéndose. Se ve que le hacía gracia, al muy gilipollas. Pero bueno, todo eso ahora ya forma parte del pasado porque se han acabado tus vacaciones.


Ya está. Ya me he calentado. Podemos continuar con la lista...

Hola otra vez, español en Irlanda. Dejamos pendientes cinco puntos y no quiero entretenerte más, que tendrás cosas que hacer. Así que presta atención:

6-No llames al camarero haciendo gestos con las manos, coño


Acabas de llegar de un país en el que el personal hostelero suele recibir el mismo respeto que el suelo de un portal recién fregado. Y aunque tal actitud es injustificable, tiene su explicación. Los bares de España son para muchos lo más parecido a una universidad, y los discursos y ponencias que más de un cuñado gusta de dar acodado sobre la barra no pueden ser ensombrecidos por la figura de quien se halle del otro lado del mostrador, así que tratamos al camarero o camarera con un desdén y un clasismo por el que deberían darnos de hostias y vilipendiamos su profesión sin despeinarnos. Qué graciosa, nuestra idiosincrasia.

Bueno, pues aquí, nada de eso.

En esta isla, un camarero merece tanto respeto como un bombero o una cardióloga, así que tenlo en cuenta cada vez que te acerques a pedir una guiness y cinco vasos de agua para repartirla entre tus amigos (lo que acabo de describir es cutre de cojones pero muchos lo hacen al descubrir que por una pinta te pueden cascar hasta siete mortadelos, según el sitio). Y, lo más importante, NADA DE HACERLE PITOS CON LOS DEDOS AL CAMARERO para llamar su atención. Si pillas al barman de buenas, lo más probable es que simplemente ignore tu falta de respeto, que más de uno me ha confesado sus ganas de rajar la cara del último español que le vino en ese plan. Y yo, pidiendo disculpas en nombre de mi país.

Ah, y deja propina.

7-Pide las cosas por favor y da las gracias, leches


En un bar (a cuyo camarero ya deberías dirigirte como es debido a estas alturas), en una tienda, en un quiosco, en un supermercado, en una esquina... Da igual lo que pidas y a quién se lo pidas. Añade un please al final o quedarás como un maleducado miserable. Soy consciente de que quizá sea éste el punto más difícil de seguir por mis compatriotas en tierras irlandesas. Y he de reconocer que siento cierto regocijo cuando éstos omiten el "por favor" y yo se lo susurro con tono sancionador. Pero es que me las ponéis a huevo. Tan a huevo como se lo ponía yo a mi novia cuando llegamos nosotros. El ciclo de la vida.

Y lo mismo cuando recibas lo que sea que recibas: thank you, cheers, thanks... Tienes varias formas de dar las gracias (aunque un "que Dios te lo pague con un buen marido, que de novios son todos buenos" pierde bastante traducido al inglés. Te lo digo por experiencia propia), pero que se te oiga bien. No me seas ingrato.

Verás cuando te acostumbres a ello, vuelvas a España y lo pongas allí en práctica. Al primer "por favor" te mirarán como a un extraterrestre que acaba de aterrizar en su platillo volante. O como si te hubieses pillado un virus chungo de ésos que hacen quedar en ridículo a Mariló Montero cuando habla de ellos en televisón.


8-Discúlpate cuando te choques con los demás, no me jodas


Una ardilla podría cruzar España de punta a punta chocándose con todo aquel que se le cruzase por delante sin abrir la boca para pedir perdón y a nadie le extrañaría, pues lo de ir como burros en línea recta y "que se aparte el otro" lo llevamos escrito en la sangre. Pero aquí, el tema de las buenas maneras y la educación se lleva a veces a un límite que podrá llegar a resultarte excesivo. Sin embargo, es lo que hay, y más te vale que no sólo te acostumbres a ello sino que lo pongas en práctica tú también cuanto antes.

¿Es necesario que impactes físicamente contra tus semejantes cuando camines por calles del centro de Dublín infestadas de irlandeses ávidos de gastar su última nómina en los comercios locales y de turistas de los que cargan con mochilas en las que quepo yo dos veces para tener que pedir perdón? Pues a veces, ni eso. A veces sólo bastará con invadir el espacio personal del otro (espacio que, por cierto, conforme nos dirigimos hacia el norte de Europa aumenta considerablemente y a esta latitud ya tiene un buen tamaño) para tener que soltar el sorry de rigor y poder salir de la incómoda situación.

Yo he llegado a pedir perdón treinta veces a lo largo de cien metros de calle y ni me acerco a la media del país.

9-Dale las gracias al conductor del bus cuando te bajes, chorra


Lo sé. Esta costumbre es rara de cojones, y no siempre estoy de acuerdo con ella. El autobús en Dublín es carísimo, sus frecuencias son ridículas, sus líneas son insuficientes, sus vehículos son lentos y viejos y cuando te toque pasar unos minutos en la planta superior de un dublinbus, teniendo que esquivar botellas y latas que ruedan sin control por el suelo, soportando olores corporales y sufriendo espacios angostos entre un asiento y otro te replantearás si lo de venir a Irlanda ha sido una buena idea. ¿Por qué deberías entonces dar las gracias al conductor (sí, del bus se sale por la puerta delantera) al finalizar cada ominoso trayecto? Pues porque sí, joder. Porque lo hace todo el mundo.

Que podrás decirme: "y, si todo el mundo se tira por un puente, ¿tú lo haces también?" Depende, si he llegado al puente montado un un dublinbus, probablemente quiera tirarme antes de que lo hagan los demás. Pero le daré las gracias al busero cuando llegue allí, por supuesto.

10-No uses un "es que soy español, jaja" para justificar todo lo anterior, carajo


Vale, ésta es personal y no tiene mucho que ver con la urbanidad de la isla, pero la meto aquí por una cuestión de vergüenza ajena nacional (y porque éste es mi blog y aquí se incluye lo que me sale a mí de los huevos, tenlo presente). Así que no saques a pasear tu DNI entre risitas la próxima vez que, hallándote en territorio irlandés, hables por encima de un mensaje de megafonía, o que vocees, o que te comuniques en español mientras te rodean extranjeros que no te entienden, o que digas fanny cuando quieras decir funny, o que te asomes al salón de una casa (o a una chorra) que no es tuya porque ninguna superficie opaca te lo impide, o que le hagas pitos al camarero, o que te pases el please, el sorry y el thank you al busero por el forro.

Y, si a pesar de todo vas a ignorarme y a hacer lo que te dé la gana en nombre de Ejjjpaña, al menos ten la coherencia de no criticar a los guiris incívicos de Magaluf cuando salgan por la tele potando por las esquinas. O a los italianos que gritan más que tú.

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lunes, 8 de enero de 2018

Behave, colega (I)

Durante el año dos mil diecisiete se ha dado un hecho que me ha parecido especialmente encantador. Y es que uno de mis compañeros de oficina, entre enero y diciembre, ha expuesto sobre su escritorio un pequeño calendario de no sé qué empresa de aquí que, cada mes, mostraba a la mascota de alguno de sus empleados junto con un pequeño texto explicando qué animal era, su nombre, su edad y qué le gustaba y disgustaba a la criatura, en plan concurso de talentos. Así, he podido pasar un buen rato descubriendo cada mensualidad a un nuevo perro, gato, caballo, cobaya o pececillo. Muy cuqui todo.

El rato que he dedicado a procrastinar durante el pasado año no me ha dado para memorizar los detalles de cada bicho, pero sí que he llegado a pensar qué texto acompañaría a mi foto si yo fuese la mascota de alguien y coprotagonizase el calendario junto con otros once animales, y no me miréis con esa cara, por favor. Mi texto diría algo así:

  • Nombre: Joseá.
  • Especie: humano con lunares.
  • Edad: 31 años.
  • Le gustan: el café, las películas de ciencia ficción de los años sesenta y que Margaret Thatcher ya no esté entre nosotros.
  • No le gustan: el vinagre, que la gente grabe notas de voz de Whatsapp y las colas de embarque.


Bueno, pues ahora mismo estoy en una puta cola de embarque. El motivo por el que me disgusta hallarme en estas situaciones es "porque sí, ¿qué pasa?", y aunque hoy empiezo mis vacaciones, esta circunstancia no impide que mi cabreo aumente por momentos. Especialmente mientras me encuentro en esta cola en particular, pues la pantalla que hay sobre la puerta lleva tres cuartos de hora mostrando el aviso de boarding, pero aquí estamos todos más parados que M. Rajoy gestionando una crisis.

La cuestión es que hay una entrada que lleva semanas rondándome la cabeza y que no he podido plasmar en este blog por falta de irritación mental, pero ya que hoy se me está poniendo el malahostiómetro por todo lo alto, voy a sacarle partido a la situación, y voy a desarrollar la guía de urbanidad para españoles en Irlanda.

Advierto que la entrada de hoy está especialmente cargada de mala leche, así que allá vosotros si queréis seguir leyendo.

Hola, compatriota cuyo vuelo acaba de aterrizar en el aeropuerto de Dublín. Ahora te dispondrás a cruzar el control de pasaportes y, con suerte, pasar unos días descubriendo esta maravillosa isla o, muy a tu pesar, tratar de comenzar una nueva vida fuera del país que a mí también me dio una patada en el culo con forma de marca España hace ya cinco años. Si tu caso es el primero, confío en que disfrutes y, si es el segundo, te deseo la mejor de las suertes. Y también que disfrutes, ¿por qué no?

Y hasta aquí el buen rollo, porque aunque el choque cultural es muy leve, vas a tardar en cagarla menos que en atravesar el primer paso de cebra mirando hacia donde no debes. Por ello, y para evitarte malos ratos, permite que comparta contigo estos diez consejos cargados de bordería:

1-No hables mientras están dando un mensaje por megafonía, joder


Me ha tocado soportar esta situación docenas de veces. Bien sean las instrucciones de seguridad de la tripulación del avión, bien sea una voz en el centro comercial pidiendo al gilipollas de turno que quite su BMW de donde lo ha dejado mal aparcado, bien sea el aviso de la siguiente parada del autobús, no falla el español que, tras descubrir aterrado que no entiende NADA, se apresura a comentar entre risitas nerviosas y en un volumen mayor que el del aviso que no entiende NADA para acto seguido, continuar rajando su mierda sin pensar en quienes están intentando escuchar.

Vale, ya sabemos todos que no tienes ni zorra de inglés, pero cállate, que los demás queremos fingir que sí que entendemos el mensaje.

2-Baja la voz, cojones


Las conversaciones en este país no alcanzan el nivel de decibelios al que estamos acostumbrados en España, así que deja de comportarte como si estuvieses de juerga dentro de un bar. Y si resulta que estás de juerga dentro de un bar, procura que sea en bajito. Una vez domines el arte de no comunicarte con los demás como si fueses un cabrero, comenzarás a darte cuenta de que aquellos que vocean aquí son casi siempre españoles, y la situación te cabreará tanto como me cabrea a mí ahora.

Vale, que tú alegarás: "pues los italianos que hay en Irlanda también gritan mucho cuando hablan, mimimimimi". Y yo ante eso te digo: "¿estás utilizando a italianos para justificarte? ¿En serio? ¿¿¿EN SERIO???".

3-No hables en español si hay no españoles delante, hostias


Las cosas como son. Por mucho que estés fuera de España y por muy multicultural que sea este país, vas a cometer el mismo error en el que caemos todos y vas a terminar relacionándote casi exclusivamente con españoles. Y tiene su lógica. A tu cerebro no le apetece trabajar más de la cuenta y es más sencillo que intentes construirte un entorno social en el que puedas comunicarte en un lenguaje que ya dominas al menos oralmente (por cierto, y aunque esto no está relacionado con el resto de la entrada, si no sabes diferenciar entre "haber" y "a ver" o entre "sobre todo" y "sobretodo" mereces LA MUERTE).

No obstante, no serán pocas las veces que tu grupito de españoles muy españoles y mucho españoles incluya a estrellas invitadas de otros países (acabo de decir que Irlanda, y especialmente Dublín, es de un multicultural que te cagas). Bueno, pues ahí es cuando no te va a quedar otra que coger tu lengua materna y shove it up your asshole. Ten un poquito de respeto, haz un pequeño esfuerzo y habla en la lengua de Shakespeare para que todo el mundo entienda lo que estás diciendo. Salvo que quieras quedar como un paleto y continuar rajando en Spanish mientras quienes no saben lo que dices piensan que eres un ignorante y un vago por no saber ni querer saber inglés, o incluso que estás riéndote de ellos en su puta cara. Aquí nadie va a burlarse de ti debido a tu acento o tu nivel. Pero, para que te quedes más tranquilo, el punto que viene a continuación te va a venir de perlas.

4-Aprende a pronunciar funny como es debido, me cago en todo lo que se menea


Debido a que no quería complicarse mucho la vida, tu profesor o profesora de inglés te dijo en su día que la "u" se pronuncia como si fuese nuestra "a" de toda la vida, y a tomar por culo. Así que bus es bas, under es ánder, upon es apón, must es mast, y así sucesivamente. Al final va a resultar que el inglés no es tan complicado como lo pintan.

fuente: posot class
¡Ay! El big red bas. Qué recuerdos...

Hasta que llegamos a la palabra que usan aquí para decir "divertido".

Y es que uno no puede estar describiéndole a un grupo de angloparlantes algo gracioso o entretenido y calificarlo como fanny. Cierto es que algunas palabras se las traen, y más si tenemos en cuenta que para haber sólo cinco vocales, los ingleses tienen entre dieciocho y veintitrés pronunciaciones de las mismas, según a quién le preguntes. Por ello es de entender que los que no crecimos llamando a nuestros padres mummy y daddy lo llevemos crudo si de pronunciar thoughroughly, choir o squirrel se trata. Pero por pronunciar bien funny no os va a dar una embolia. Y, si lo veis muy mal, coméos la vocal y decid f'nny, haced el favor.

Más que nada porque fanny significa "coño".

5-No fisgues, copón


Cuando lleves aquí una semana ya te habrás dado cuenta de que pasas más tiempo a lo largo del día esperando a que llegue el bus que disfrutando de la luz del sol, y es que la capa de nubes que cubre las islas británicas de forma perpetua hace que las irradiaciones solares sean para los irlandeses como el anillo único para Gollum. Esta circunstancia provoca que, por una parte, todo el país se tire al sol medio en bolas los dos o tres días del año que de verdad calienta (amaneciendo al día siguiente con unas quemaduras en la piel que ríase usted de la tripulación del Challenger. Bueno, mejor no. No se ría, que aquello fue un accidente y está feo, hombre) y, por otra parte, las casas cuenten con unos ventanales del tamaño de mesas de billar sin persianas ni cortinas destinados a optimizar la luminosidad cuando los fotones que vienen de fuera se pueden contar con los dedos de una mano.

Te chocará entonces que los irlandeses hagan vida normal en sus salones y cocinas sin esconderse de los transeúntes (pues en España se da el caso contrario, que ocultamos los interiores de los hogares como si Bernarda Alba viviese en cada uno de ellos). Y allá que vas a ir tú, a asomarte como un suricato para fisgonear lo que hay dentro e invadir la privacidad de esa pobre gente. Te parecerá bonito...

Lo mismo se aplica si perteneces a ese sector de la población que puede mear de pie. Aquí los urinarios públicos no cuentan con biombos de separación a los que estás acostumbrado porque se considera que sus usuarios son unos caballeros educados que van a lo suyo, y en algunos casos extremos el lugar destinado a las micciones no es más que una suerte de abrevadero alargado (quizá he usado una comparación algo desafortunada. Sólo espero que no te la tomes al pie de la letra si llegas a algún baño de estas características y estás demasiado borracho):

fuente: secondhand toilet units


Bueno, pues te digo lo mismo que te he dicho con respecto a lo de asomarte a los ventanales de casas ajenas: tú, a lo tuyo. La ausencia de elementos que le oculten la chorra a quienes están a tu lado en ese momento tan íntimo no te da derecho a escanear entrepiernas ajenas. Así que céntrate en lo que tienes entre manos, anda. Desde el primer chorro hasta la última gota.

Vale. Al principio de la entrada he dicho que mi guía incluía diez consejos, ¿verdad? Bueno, pues creo que los que quedan voy a dejarlos para la semana que viene, que quiero que vayas practicando los cinco primeros.

No, en realidad lo hago porque me he quedado sin palabrotas que añadir a los títulos. Pero no te preocupes, que en unos días tengo el vuelo de vuelta con su correspondiente cola de embarque, y ahí podré darme cuerda de nuevo.

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lunes, 1 de enero de 2018

El día que mi hermano y yo hicimos callar a un ejército

La entrada de hoy es cortita, que intuyo que tendréis cosas mejores que hacer un primero de enero que leer mi blog.

Considerando el coñazo que prensa y televisión dieron al respecto, el eclipse de sol que tuvo lugar aquel once de agosto de mil novecientos noventa y nueve prometía ser, cuanto menos, la hostia. Y tampoco fue para tanto, la verdad. Lo que pasa es que estábamos a punto de cambiar de milenio y todo se sacaba de madre por aquel entonces.

fuente: nasa
¿Veis? No fue para tanto


La cuestión es que a mi hermano y a mí, por un motivo que no es asunto vuestro, el fenómeno nos pilló en la Base Aérea de Villanubla, lugar desde el que han despegado los cientos de aviocares que han poblado el cielo vallisoletano durante décadas. De hecho, no me habría extrañado que a Miguel Delibes, en una de sus aventuras cinegéticas por los Montes Torozos, se le hubiese ido la olla y le hubiese arreado dos tiros de escopeta a uno de estos trastos que rugían en el aire, al confundirlo con una perdiz chocha o una curruca.

Como decía, lo del eclipse no fue para tanto. Uno se esperaba verse sumergido en tinieblas en pleno mediodía (porque, insisto, así lo pintaba El Mundo), pero nada de nada. Mi abuela, que estaba en Bilbao por aquellas fechas, aseguró que allí sí que hubo ambiente apocalíptico, pero es que mi abuela exageraba un poco, las cosas como son. Recuerdo que hizo un viaje en avión a Ibiza años antes coincidiendo con la conversión de mi afición futbolística del FC Barcelona al Real Madrid (me trajo como souvenir de su viaje una camiseta del Barça, la pobre) y aseguró antes de partir que me saludaría al sobrevolar Valladolid de camino a la isla balear. Y yo me tiré toda la tarde mirando al cielo y agitando los brazos como un gilipollas cada vez que pasaba un avión a miles de pies sobre mi cabeza. Lo peor de todo es que, a su vuelta, le confesé la jugada y ella me aseguró no sólo que me había visto, sino que me había devuelto el saludo. Gritando "¡Adióooos!" y todo desde su asiento. Lo que se llega a creer uno cuando es niño. O cuando es adulto y ve los informativos de Antena 3.

Pues eso, que al final el fenómeno astrológico fue bastante bajonero y sólo pude ser testigo del mismo gracias a que, tirando de taladradora de papel, agujereé una cartulina y, tras colocarla en la ventana y contemplar su sombra, comprobé qué al orificio practicado no era un círculo perfecto. También pude echar mano de la careta de soldador con que contaba uno de los encargados del taller de la base aérea para mirar al sol y ver el característico "mordisco", pero como dicha careta estaba llena de mugre, no quise recrearme mucho y se la devolví enseguida al hombre para que pudiera seguir con sus quehaceres.

Como os podéis imaginar, ni mi hermano ni yo pensábamos pasarnos toda la mañana mirando la sombra de una cartulina como dos imbéciles, por lo que no tardamos en, presas del aburrimiento, deambular por el edificio de la base.

Aquel lugar podría estar más o menos bien preparado si de gestionar el despegue y aterrizaje de aeronaves militares se trataba, pero a la hora de dotar de entretenimiento a dos críos, las carencias eran considerables. Por ello, y tras abandonar la idea de dar con unos columpios o una piscina de bolas en la que poder echar el resto de la mañana, acabamos en el umbral de la puerta de la sala de recreo para personal de la base, la cual contaba con multitud de sillas, todas ellas apuntando hacia la pequeña televisión que se situaba en el extremo opuesto de la sala y ocupadas por un nutrido grupo de civiles y militares. Unos cincuenta, más o menos. Dándonos la espalda a los dos recién llegados niños y pendientes de la retransmisión en directo que Telecinco ofrecía en aquellos momentos.

Estaban dando el eclipse, no os lo perdáis. Con conexiones a diferentes puntos de Europa, tomas aéreas desde las zonas de más oscuridad y un despliegue de medios a todas luces excesivo, habida cuenta de que aquello no era más que un puto fenómeno astronómico que deberíamos ser capaces de comprender.

Total, que la voz de la enviada especial a no sé qué capital europea se hacía oír por encima del murmullo que reinaba en la sala en aquel momento (todo tíos, por cierto), y fue la descripción de las imágenes que acompañaban a su crónica lo que cambió el ambiente del lugar.

La sufrida reportera dijo algo relativo al clímax del eclipse.

Y en aquella sala no hubo un solo empleado de la base, civil o militar, que no reaccionase como un energúmeno al comentario: todos gritando la palabra "clímax" entre gemidos, jadeos, ohsíes, aydioses, joderes y demás interjecciones de dormitorio, acompañados de alguna carcajada.

Hasta que uno de los intérpretes de este fingido orgasmo colectivo, en plena vorágine, se giró y nos descubrió: dos niños, a ambos lados de la puerta, mirando impertérritos cómo nuestras Fuerzas Armadas Profesionales se comportaban como adolescentes a los que intentan dar una clase de educación sexual en un instituto público de Móstoles. La carraspera del sorprendido muchacho sirvió como aviso para los que le rodeaban, quienes alertados por su extraña conducta acabaron reparando también en nuestra presencia, cambiando sus gemidos por toses que terminaron por alcanzar a todos los ocupantes de la sala. A los pocos segundos, el silencio allí era sepulcral, y parecía como si el mismísimo rey (que es el final boss de esta gente, tenedlo en cuenta) hubiese entrado por la puerta de aquella salita. De hecho, juraría que alguno llegó a cuadrarse en su silla sin atreverse a mirarnos fijamente, como si mi hermano y yo fuésemos dos agentes de la policía militar de incógnito o algo por el estilo.

Pues bien, aún tuvieron que pasar varios segundos de incómodo silencio en los que ni mi hermano ni yo abandonamos nuestras posiciones. Pero al final nos rendimos y nos largamos de allí, pues estaba claro que ninguno de aquellos hombres, fuese militar o civil, estaba dispuesto a explicarnos el chiste.

Eso es todo por hoy. Ya podeís volver a vuestras resacas de año nuevo.

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lunes, 25 de diciembre de 2017

A very cutre Christmas carol

—¿Qué?

La profesora no podía creerse lo que aquellos tres prepúberes le estaban pidiendo.

—Que si nos dejas entrar media hora más tarde este viernes por la tarde, que queremos hacer una función de marionetas para los alumnos de primero de Educación Infantil.

—Me estáis tomando el pelo.

—Que no. Que ya tenemos las marionetas y el guión, y esta tarde vamos a ir a casa de Julio a grabar la banda sonora. Además, a la profesora de Infantil le parece bien.

—Definitivamente, me estáis tomando el pelo.

Pues no. No le estábamos tomando el pelo. Semanas antes de llevar acabo tan surrealista petición se me ocurrió, Dios sabe por qué, que sería buena idea representar una función navideña con títeres teniendo como público a los alumnos más pequeños de mi colegio. Y esta vez, sin que sirviese de precedente, dos compañeros de mi clase pensaron que aquello era una buena idea y decidieron subirse al carro y echarme una mano con el plan.

Elaboramos a los personajes de la obra cosiéndole dos botones a modo de ojos a calcetines y manoplas de cocina, y yo escribí un guión ambientado en la Navidad que se basaba mucho en la sorpresa y el giro inesperado. Unas siete páginas de diálogos y acotaciones que tuve que repasar con rotuladores de colores para indicar a quién de los tres le tocaba decir o hacer tal o cual cosa porque la impresora Starjet SJ-48 conectada a mi orderador sólo imprimía en blanco y negro.

fuente: livejournal
Y qué facilidad que tenía para atascarse, la hija de puta

Pero lo mejor fue la música.

Para poder componer la banda sonora de nuestro espectáculo, nos encerramos en el salón de la casa de uno de los otros dos y nos vimos obligados a hacinarnos bajo una mesa durante un par de horas en las que andamos trajinando con diferentes casetes cuyas canciones eran seleccionadas y pasaban a una cinta virgen TDK comprada aquel mismo día en un todo a cien del barrio. El motivo por el que tuvimos que trabajar como empleados de Inditex era debido a que la mesa que nos cubría tenía montado encima el belén, amén de encontrarse empotrada contra la estantería en cuya balda más inferior se hallaba la minicadena de doble pletina que nos permitió grabar el playlist de la obra. Llegados a aquel punto, sólo quedaba completar el paso más difícil: obtener el permiso de nuestra tutora.

Quizá terminó por convencerse de que, por primera vez en lo que llevábamos de curso, íbamos en serio; o quizá le apetecía quitársenos de encima cuanto antes. La cuestión es que al final logramos que diese su brazo a torcer:

—Bueno, bueno. Allá vosotros con vuestras historias. Pero más os vale estar aquí a la media hora de que suene la sirena. Y que no me entere yo de que habéis aprovechado para largaros por ahí.

Estupendo. Contando con el visto bueno de la funcionaria, ya sólo nos faltaba esperar a que llegase el momento de la actuación y confiar en que los críos echasen un buen rato a nuestra costa. Los días previos a la función pasaron lo suficientemente rápido como para que yo no os tenga que dar el coñazo ahora hablándoos de ellos y llegó el famoso viernes por la tarde en el que tuvo lugar el estreno (y la única representación hasta la fecha) de nuestra creación teatral.

Y se abrió el telón ante un grupo de entre treinta y treinta y cinco chavalillos. El del teatrillo de marionetas que tenían en aquel colegio, quiero decir. Corrimos la cortinilla del biombo desde atrás y pulsamos el botón de play del pequeño radiocasete a pilas con el que contábamos. En ese momento, la cinta que habíamos mezclado días atrás creyéndonos unos jovencitos Daft Punk comenzó a sonar. Sin embargo, lo que se oyó no tenía nada de navideño: era El túnel de las Delicias, de los Celtas Cortos (concretamente, la versión en directo del disco Nos vemos en los bares). Por si no os apetece acceder al enlace con la canción en sí (vagos, que sois unos vagos), os diré que los primeros setenta y cinco segundos de canción no se oye otra cosa que a Jesús Cifuentes echando lamentos al ritmo de un violín mientras el batería se regala lo suyo con los platillos haciendo un efecto que no sé como se llama porque yo no entiendo de estas cosas. Vamos, lo más adecuado para unos críos de cuatro años. Bueno, pues aparte de los "ay aaaay aaaa ayayayyyy" del Cifu, allí no pasaba nada. Ni marionetas ni hostias.

Agazapado tras el teatrillo junto a mis dos compañeros, eché un rápido vistazo a las profesoras de los niños mientras avanzaban los primeros compases de la canción del grupo vallisoletano y creí ver en sus caras una ligera expresión mezcla de arrepentimiento y terror, pues el comienzo de aquello no tenía mucha pinta de función infantil. Pero es a lo que te arriesgas cuando dejas que un chico que ha crecido viendo Pinnic dirija una función escolar. Y es que te puede salir de un dadaísta que te cagas. Lo mejor de todo es que estábamos siguiendo el guión al pie de la letra, ojo.

Afortunadamente, nuestra ida de olla no fue a más. No descolgamos ninguna pancarta con la inscripción GORA ALKA-ETA ni representamos la violación de una monja ni cosas por el estilo y ninguna profesora tuvo que dar explicaciones a padres iracundos a la mañana siguiente. En cuanto el ritmo de la canción cambió, descubriéndose que aquel tema oscuro era en realidad una inocente versión de la giga de Morrison, ahí ya sí. Ahí ya sacamos a las marionetas bailando al ritmo de la música durante un par de minutos y los mocosos la gozaron como enanos que eran ante la inesperada aparición (aún sigo sin entender cómo cojones logramos que dos clases enteras de primero de Educación Infantil aguantasen durante un minuto y quince segundos mirando en silencio a un teatrillo vacío). Tras un par de minutos en el que tres marionetas se sacudían ora hacia un lado ora hacia el otro con rock celta de fondo, la cinta dio paso a los típicos villancicos repelentes (tendríais que ver la cara de mis compañeros de trabajo no españoles cuando les explico cómo son los villancicos) y eso fue todo a nivel de banda sonora. Un villancico detrás de otro. Para esa mierda nos tiramos una tarde casi a oscuras metidos debajo de un belén, sí.

Y poco más puedo contar, sintiéndolo mucho. No logro recordar en qué consistía la historia que representamos. Ni la introducción, ni el nudo ni el desenlace. Qué pena, oye. Sólo me acuerdo de cuatro detalles en particular: el primero es que una de las marionetas "solicitaba" que nevase (puesto que la acción transcurría durante la Navidad), y que en ese momento arrojábamos a los niños desde la parte de atrás del biombo varios puñados de confeti morado. Esto provocaba, por una parte, que los churumbeles flipasen entre carcajadas al descubrir el inesperado fenómeno meteorológico como si fuesen murcianos un día de lluvia y, por otra parte, que la marioneta, visiblemente mosqueada ante el fallo de producción, se rebotase y "exigiese" que aquella obra contase con nieve real, momento en el que, armados con sendos botes de nieve en spray, los tres enchúfabamos los aerosoles hacia arriba, satisfaciendo, ahora sí, los deseos de la puta marioneta, y dotando a la obra de unos efectos especiales que ríase usted de Avatar.

El segundo detalle está relacionado con la crítica recibida al terminar la función, ya que la misma fue un exitazo entre los críos y las profesoras nos acabaron felicitando por habernos currado aquello a pesar de nuestros más que evidentes recursos limitados y por haberles ayudado a rellenar media hora de curso por la que ellas iban a cobrar y nosotros... No.

Lo tercero tuvo que ver con la limpieza del aula tras nuestra obra (pues la cantidad de confeti y nieve en spray que se acumuló alrededor del teatrillo fue memorable), o más bien con la ausencia de la misma, ya que la representación se comió la media hora de libertad condicional que nuestra tutora nos había otorgado y tuvimos que echar patas de allí como si fuésemos la Cenicienta a medio baile, temerosos de que la carroza se nos convirtiese en calabaza, los caballos en ratones y el támpax en tronco y nos cayese un rapapolvo de los que te tienen amargado hasta el día de Reyes.

Y lo último que recuerdo es lo que, una vez hubimos huído miserablemente del lugar del crimen, me hizo saber uno de mis dos compañeros, al preguntarme:

—¿Te has fijado en cómo les hemos llenado de nieve el TECHO de la clase?

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lunes, 18 de diciembre de 2017

A moco tendido

Un año más, la llegada de la Navidad trae consigo un festival de buen rollo, felicidad familiar, colorines y alegría acompañada en todo momento de música interpretada por un coro de churumbeles moñas de los que no han roto un plato en su vida. Al menos, eso es lo que se da a entender en los anuncios, carteles, decoraciones y mensajes varios que nos bombardean mañana, tarde y noche entre finales de septiembre y finales de diciembre: que tenemos permitido dejar aparcado lo malo y disfrutar de los mundos de Yupi durante unas semanas.

Bueno, pues yo hoy quiero aprovechar esa bonita coyuntura para traeros el bajón. Lo sé, soy una mala persona que gusta de meterse allá donde la gente es feliz y donde todo funciona para implantar el caos y la destrucción. Soy un Grinch, un Joker, un Gaspar Llamazares... Bueno, en realidad lo que pasa es que no se me ocurre otra cosa de la que hablaros esta semana. Así que, sin más dilación, os presento cinco canciones que me han hecho llorar alguna vez. O que me han dado ganas de ello.

1 - La del barquito chiquitito


Entre las muchas actividades educativas que llevábamos a cabo los alumnos de primero de preescolar se encontraba el cantar canciones infantiles a coro, dirigidos por la profesora (conocida como "señorita" en el ambiente académico de la época). Bueno, pues descubrir el mensaje que esta tonada lanzaba provocó en mi inocente cerebro un efecto tan devastador como el que causa un grupo de hooligans británicos en los aledaños del Bernabeu cada vez que hay partido de champions. Ese barcucho, diminuto y enclenque, viéndose obligado a enfrentarse a la inmensidad de la mar océana, y sin ser capaz de navegar, el pobre.

Pasados los primeros versos durante nuestro ejercicio de interpretación, no fui capaz de seguir soportando la imagen de la tribulada embarcación y arranqué a llorar desconsoladamente. La señorita, asustada al ver que uno de sus alumnos lloraba sin razón aparente, hizo callar al coro y se puso a mi vera mientras me preguntaba por la razón de mi llanto. Cuando le confesé que mi reacción era debida a la pena que me causaba el barquito chiquitito y su incapacidad de navegar, la funcionaria trató de consolarme haciéndome saber que la historia cuenta con un final feliz, en el que la nave acaba flotando de lujo tras varias semanas poniéndole ganas a la tarea. Pero no hubo manera. La parte mala de la canción se me clavó en el cerebro à la Trotsky (esta coña sólo la van a pillar los frikis de la Historia) y desde aquel entonces el barquito chiquitito fue desterrado de mi clase, so pena de causar un nuevo episodio llorón en mí.

Ni tan siquiera Rosa León (para los que hayan llegado a este mundo hace poco y no la conozcan, aquí os dejo un video de Joaquín Reyes bastante explicativo), protagonista de la banda sonora de mi infancia, fue capaz de romper el bloqueo, y cada vez que la cancioncita de marras sonaba en una de las múltiples cintas de casete de la cantante madrileña con las que yo contaba, le daba al botón de FF hasta que pasaba el peligro.

2 - La de Amigo Félix


Félix Rodriguez de la Fuente fue un ser humano de la hostia, las cosas como son. Es una pena que este planeta no cuente con más personajes de su talla (y así nos luce el pelo por ello) y fue una pena que un accidente de avioneta se lo llevase antes de tiempo.

Aunque para pena, pena, la que da la canción que le dedicaron Enrique y Ana meses después de su muerte: una elegía dirigida al público infantil (lo cual manda cojones) en la que todos los animales se lamentan ante la pérdida del naturalista y divulgador. La primera vez que escuché esta canción fue a los seis años, mientras hacía tiempo en la puerta de mi casa un sábado por la tarde antes de ir con mis padres a dar un paseo vespertino. Junto a mi residencia se encontraba el quiosco responsable de que en los resultados de mis análisis de sangre siempre hubiese más colesterol malo del adecuado; y aquel día, la hija de la quiosquera (a la que yo sacaba un par de años) jugaba con varios amigos y familiares de su edad a bailar al ritmo de una cinta para críos que sonaba de fondo. Bueno, pues Amigo Félix comenzó a atronar a través de los altavoces del aparato y la niña, que se conocía el playlist de memoria, alertó a los demás de que aquello era imbailable, sugiriendo que durante los minutos de duración de la pieza aprovechasen para comer y beber algo o ir al baño. Y yo, que no formaba parte de aquel grupo pero me vi envuelto en los tristes compases, me quedé clavado en la puerta de mi casa hasta que la cinta dio paso a un nuevo tema más alegre, momento en el que pude meterme corriendo en mi habitación y llorar como una Magdalena.

A punto estuvimos de tener que cancelar el paseo familiar aquel día, habida cuenta de mi estado anímico. Pero bueno, al final se me pasó la llorera y pude disfrutar de un buen rato en los columpios poco después.

Claro que, ahora que lo pienso, creo que no ha habido nada relacionado con Enrique del Pozo que no dé ganas de llorar.


3 - La intro de Mofli, el último koala


Hay cosas que no cambian con el paso de los años. Ahora dedico un rato cada mañana antes de marchar a la oficina a desayunar con mi novia mientras vemos un episodio de Bola de Dragón; y durante mi infancia, los minutos previos a mi entrada en el colegio los dedicaba a atiborrarme de galletas Tosta Rica bañadas en leche ante los dibujos animados que emitiesen en la tele.

Durante un tiempo, la serie animada que coincidió con mis desayunos fue Mofli, el último koala. Ambientada en Australia a principios del siglo XXI, narraba la historia de Mofli quien, como el nombre de la serie indicaba, se trataba del último koala vivo sobre la Tierra (¡ay! Si Félix levantara la cabeza...). Esta circunstancia provocaba que cazadores furtivos de todo el mundo tratasen de hacerse con el pobre animal para poder exponer su cadáver disecado a modo de trofeo y compensar así el diminuto tamaño de sus genitales (esto último no salía explícitamente en la serie, pero todos sabemos que la caza va de eso). Y claro, Mofli vivía puteado las veinticuatro horas del día, como si los koalas no tuviesen ya de por sí cara de estar viendo venir una hostia:

fuente: san diego zoo
¿POR QUÉ tanto odio, humanos?

Bueno, pues la sintonía que sonaba al principio y al final, resumiendo las desventuras del animal, no ayudaba en absoluto a levantar los ánimos. Y las tostarica no compensaban, joder. Por ello, no era de extrañar que viajase al colegio con rostro compungido (no tanto como el de un koala, pero casi) en aquella época.

Por cierto, el año pasado por estas fechas aproveché que mi novia pasó las navidades en familia y me tragué La corona mágica, así que igual hago lo mismo con Mofli este año. Ya veremos.

4 - El tema principal de Dirty Dancing


Lo sé, no tiene ningún sentido que esta canción forme parte de mi lista triste, pero es así. Al fin y al cabo, la letra relata el clímax de una historia de amor en la que los dos miembros de la pareja, gracias al momento que están compartiendo, sienten tanta felicidad que no pueden ocultar su relación y necesitan gritar a los cuatro vientos su situación sentimental. Como podéis ver, el tema es atemporal y un poquito premonitorio, pues habla de las parejitas que actualmente dan por culo a sus contactos de redes sociales con estados llenos de corazoncitos, fotos de perfil en las que ambos integrantes de la pareja parecen siameses, tequieromuchosyotequieromases, puesyotequieroinfinitos, entoncesyotequieroinfinitomasunos, enesecasoyotequierodosinfinitos, ahsipuesyotequieroinfinitosinfinitos y moñerías por el estilo. Y esto me da asco, no pena. Idos a un puto motel, en serio. Al Motel Hilbert, por ejemplo (y esta coña va para los frikis de las matemáticas).

Peeero... Mi reacción tiene que ver con todos esos enigmas que rodean al cerebro humano y que aparecen reflejados en los trabajos llevados a cabo por Freud et al.

Me explico. Algo muy chungo debió de pasarme de pequeño aunque, habida cuenta de la acomodada vida que he llevado siempre, en la que nunca me ha faltado comida en el plato y he sido agasajado con todos los caprichos que haya podido tener y más, lo más probable es que se tratase de una pijada sin importancia. Sin embargo, mi cerebro calificó el hecho como lo suficientemente traumático como para enterrarlo en lo más profundo de mi subconsciente y así evitar que pudiese recordar el momento. El problema es que soy capaz de acordarme de un detalle al respecto: cuando "aquello" pasó, o bien estaba sonando Time of my life o bien una televisión estaba reproduciendo la escena final de Dirty Dancing, tema incluido. No soy capaz de asegurar cuál de las dos, ni logro enmarcar la historia en un lugar y momento adecuados, pero la canción sigue siendo para mí un detonante de bajona instantánea y cada vez que la oigo, me vienen un desasosiego y un pesar que no son normales.

Aunque a día de hoy lo llevo mejor, gracias

5 - La de Madre anoche en las trincheras


Ésta es en particular la que más me jode de todas. Resulta que el otro día, mientras una pila de tareas por hacer del tamaño de una baja por estrés laboral se amontonaba en el escritorio de mi curro, aproveché para procrastinar y buscar en Youtube canciones que versionasen obras de poetas de la generación del 27 (sí, así es mi día a día). Poco después, y decidido a trabajar en lo mío de una vez por todas, dejé Youtube como si fuese un coche en punto muerto en mitad de una pendiente y confié en que su reproducción automática me diese buenos ratos.

Pero no fue así. Minutos después de haber comenzado la lista de piezas al azar, comenzó a sonar ESTO a través de mis auriculares. A ver, no tengo nada en contra de Raquel Eugenio. De hecho, he escuchado el resto de canciones que ha tenido a bien subir al portal de vídeos y me gusta bastante su estilo. Y en cuanto a la canción en sí... Que no es para tanto, coño. Que esta canción la cantan los críos en los campamentos. La historia es triste y tal, pero no es como para hacer un drama de ello (si hasta La oreja de Van Gogh tiene una versión, no me jodas). Bueno, pues no sé si fue porque me pilló con el pie cambiado o qué, pero en aquel momento me vinieron unas ganas terribles de hacerme un ovillo bajo mi mesa y vaciarme por los ojos.

No hubo llorera por el canto de un duro, pero sí que tuve que aplazar lo que estaba haciendo durante un rato y dejar la mirada perdida mientras me mordía los carrillos y pensaba en cosas alegres para evitar que mis compañeros descubriesen a un bigardo de treinta y un años gimoteando como una plañidera en su puesto de trabajo. Qué cosas.

Bonus: Cualquier canción de La Fuga elegida al azar


No voy a enlazar aquí ningún tema suyo porque no quiero convertir mi blog en un Gloomy Monday, que bastantes pocos lectores tengo como para que encima os dé por reducir aún más el número al cortaros las venas, saltar por puentes o ver Telecinco. Sólo diré que cuando me enteré de que Rulo dejaba el grupo para formar La Contrabanda, supe que a partir de entonces la humanidad tendría no uno, sino DOS motivos para abandonarse a la desolación y el vacío existencial.

Hasta aquí la entrada de hoy. Espero que mi lista haya ayudado a que recordéis canciones amargas para contrarrestar tanto mensaje buenrollista navideño y tanto villancico. Muajajajaja.

En fin, en lo que empezáis a odiarme por ello, voy a ir terminando, que se me ha metido una cosa en el ojo.

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